martes, 20 de septiembre de 2011

Recordando a Julio Spósito



Julio Spósito a 40 años de su muerte

1971 - 1 de setiembre – 2011

YO RECUERDO

¡Doy fe!

Yo estuve allí.

Yo estuve y padecí

y mantengo el testimonio

aunque no haya nadie que recuerde

yo soy el que recuerda

aunque no queden ojos en la Tierra

yo seguiré mirando

y aquí quedará ardiendo,

No hay olvido, señores y señoras,

y por mi boca herida

aquellas bocas seguirán cantando.

Pablo Neruda

Por la espalda, fue por la espalda que le dieron muerte aquella primera tarde de setiembre a Julio Spósito.

Mister Brown, el dueño CICSSA, se le había dado por vigilar a los obreros de la fábrica de envases de cartón armado con una escopeta. Los trabajadores, que estallaron en conflicto, consiguieron la inmediata solidaridad de los estudiantes. Los peajes, las pintadas y las movilizaciones contra el gringo bravucón se multiplicaron por toda la ciudad. El parlamento llamó entonces a Mister Brown para que diera explicaciones.

Aquel miércoles los militantes del FER nos convocamos a las cinco de la tarde para rodear el Palacio en repudio del patrón. Ahí me encontré a Julio que conversaba con otros compañeros que militaban, como nosotros, en el FER del Suárez. Julio era inconfundible, flaco, rubio, de largos bigotes amarillos de tabaco y barba crecida, con la misma campera de cuero negro de siempre. Lo conocían todos, en el liceo y en el barrio, componía canciones y expresaba su compromiso en las cuerdas de la infaltable guitarra. Soñaba con la Iglesia de Camilo Torres y la construía con los jóvenes de la parroquia San Juan Bautista.

Los “guanacos”, las “chanchitas” y los “roperos” acechaban en las esquinas atestadas de milicos. De pronto se sintieron disparos y una nube de gases lacrimógenos inundó la concentración. Empezamos a correr hacia Medicina y a juntar piedras y a tirarles a los milicos. Así se hizo la noche, Julio y yo estábamos escondidos detrás de una palmera en la vereda de Química cuando una granada de gas estalló a mis pies. Quedé aturdida. “¡Vamos!” –gritó Julio, y arrastrándome de la mano corrimos a refugiarnos en la Facultad–. Entre la confusión, el humo, los gritos y las sirenas subimos los escalones. Entramos, y ahí nomás apoyándose en mi hombro me dice “me parece que estoy herido”, no se sostuvo y cayó boca arriba.

Creíamos que se había desmayado por los gases, un compañero trajo alcohol para reanimarlo. Otro gritaba “¡un médico, que venga un médico!”. “Vamos a acostarlo en esa mesa” sugirió una compañera mientras se sacaba el Montgomery para abrigarlo. Intentábamos levantarlo entre varios compañeros cuando el que pone la mano en la espalda la saca llena de sangre. Crucé Gral. Flores como pude, escuchando los balazos, muerta de miedo. El mismo decano –no lo olvidaré nunca, Pablo Carlevaro– indicó a otros estudiantes que lo llevaran a su camioneta que él lo trasladaba personalmente al Clínicas. Lo pusimos sobre un pizarrón que ofició de camilla y lo sacamos por una puerta trasera. Dentro de la camioneta dos o tres estudiantes trataban de reanimarlo, no se sentían los latidos, casi ni respiraba… “Aunque esté muerto síganle dando” apremiaba Carlevaro. En pocos minutos llegamos pero ya sin tiempo…

19 años. Una bala 38 por la espalda. Nada más. Nunca un culpable.

Después de velarlo en San Juan Bautista y en el IAVA, una multitud inusitada lo acompañó a pie hasta el cementerio del Buceo exigiendo justicia.

Líber Arce, Susana Pintos, Hugo de los Santos, Héber Nieto, Julio Spósito... El golpe de estado borró los reclamos.

La impunidad, no aquella, ésta, intenta sepultarlos. Pero no hay olvido señores y señoras.


Cecilia Duffau