miércoles, 30 de mayo de 2012

Carta del maestro Miguel Soler



EL SEPELIO DEL MAESTRO JULIO CASTRO, SECUESTRADO Y DESAPARECIDO EN
1977

Carta de Miguel Soler Roca

Queridas amigas y queridos amigos:

Este correo tiene por destinatarios los residentes uruguayos en
Cataluña y otros lugares de fuera de Uruguay, así como a personas
que sin ser uruguayas han mostrado interés en el caso del Maestro
Julio Castro. Procuraré dar cuenta a título exclusivamente personal
de hechos y sentimientos vinculados al reciente velatorio y sepelio de
sus restos. Se me perdonará si mi comentario incluye detalles bien
conocidos por los compatriotas.

Destacado educador y periodista uruguayo, Julio Castro fue
secuestrado, torturado y asesinado por la dictadura cívico militar
uruguaya entre el 1 y el 3 de agosto de 1977, siendo uno de nuestros
desaparecidos.

Durante tres décadas sus familiares y amigos luchamos por esclarecer
las circunstancias de su muerte y desaparición forzada, lo que
resultó imposible por ampararse las sucesivas autoridades en la
llamada Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado.

En agosto de 2010 el actual Presidente José Mujica decretó que dicha
ley no era aplicable al caso de Julio Castro, lo que abrió las
puertas a la acción de la Justicia. Uno de sus familiares y el
Movimiento de Educadores por la Paz, al cual pertenezco, actuamos como
partes denunciantes. El caso pasó al despacho del Juez Dr. Juan
Carlos Fernández Lecchini, actuando como Fiscal la Dra. Mirtha
Guianze, que viene realizando una abnegada y valiente labor por el
esclarecimiento de crímenes similares. El 17 de mayo de 2011 me
correspondió desempeñarme como testigo ante el Juez. Éste,
finalmente optó por procesar a dos funcionarios de muy baja
jerarquía implicados en el crimen, sin tomar posición sobre
responsables de nivel superior. La Dra. Guianze ha apelado ese fallo
por considerarlo insuficiente.

Mientras tanto, el 21 de octubre de 2011, tras un trabajo de
excavación convenido entre el anterior Presidente Tabaré Vázquez y
la Universidad de la República, aparecieron en un predio militar
restos humanos sepultados, sin duda de uno de los desaparecidos.
Realizadas las pericias del caso, el 1º de diciembre de 2011 el
Gobierno informó que dichos restos eran lo que quedaba del Maestro
Julio Castro. Para la ciudadanía uruguaya, este hallazgo resultó uno
de los hechos más conmovedores de la post dictadura.

Los restos quedaron retenidos por la Justicia para la realización de
los peritajes necesarios y muy recientemente fueron entregados a los
familiares. Las múltiples entidades que actúan en el campo de los
Derechos Humanos consideraron que correspondía a la familia (por otra
parte no muy numerosa) decidir los pasos propios del velatorio y
sepelio de los restos.

Por decisión de la familia y en acuerdo con las autoridades
respectivas (en el caso el Consejo de Educación Inicial y Primaria)
el velatorio fue organizado para la tarde del viernes 11 de mayo en el
salón principal del Museo y Biblioteca Pedagógicos, institución de
la que es responsable el Consejo ya mencionado. No tuvo lugar, como se
había hecho en casos anteriores, una marcha popular multitudinaria
hacia el cementerio, por cuanto la familia resolvió que el sepelio
tendría carácter íntimo en fecha posterior. Por tal razón, se
pidió no llevar flores al velatorio en el local del Museo y encaminar
donaciones voluntarias en efectivo a una cuenta bancaria con destino a
la Escuela Primaria Nº 169 de Montevideo, que lleva el nombre de
“Maestro Julio Castro”.

Al velatorio del día 11 concurrieron varios centenares de personas
que ingresaban a la sala en la que en muchas oportunidades Julio
Castro nos había dirigido la palabra. Sobre el estrado, al pie de una
pintura muy conocida del Reformador de nuestra educación José Pedro
Varela, se colocó la urna con los restos de Julio, una caja modesta
de unos cincuenta centímetros de largo, un retrato de Julio, un
modesto ramo de flores. La urna tiene una placa donde se lee:
“Maestro Julio Castro Pérez” y tres fechas: “1908-1977-2011”,
es decir los años de su nacimiento, de su asesinato y del hallazgo de
sus restos. No hubo discursos, sí lágrimas y abrazos. Desfilaron
autoridades gubernamentales, políticos, periodistas, intelectuales,
dirigentes gremiales, artistas, y un número inmenso de docentes, que
constituimos la otra familia de Julio. Como a las nueve de la noche,
la urna fue regresada a la empresa funeraria.

Para mi esposa Matilde, para mi hija Mariana, que habían tratado a
Julio durante años, y para mí fue una instancia de gran conmoción,
por el amigo reencontrado, por la sincera emoción de todos, por el
local en que estábamos, asociado a mi vida personal como escolar,
como maestro, como conferenciante, como reiterativo denunciante del
crimen.

La familia me comunicó que el sepelio sería al día siguiente,
sábado 12, en la mayor intimidad. Hubo excepciones: el
Contraalmirante Oscar Lebel, enemigo desde el principio de la
dictadura y colaborador de Julio en varias acciones de salvataje de
ciudadanos perseguidos, el Presidente y el Secretario del Movimiento
de Educadores por la Paz, Matilde y yo.

En una primera parte de esa mañana nos encontramos con una treintena
de familiares en un recinto especial muy acogedor dispuesto por la
funeraria. Allí estaba, laica y sobria, la urna con los restos de
Julio. Sobre las doce, se organizó el cortejo hacia el Cementerio del
Buceo, siempre unas treinta personas. Todo fue rápido. La familia
dispone de un nicho (el número 519 de la sección interior paralela a
la calle Tomás Basáñez), donde también están los restos de Julito
Castro, el hijo ya fallecido de Julio.

En agosto de 1987, en un acto recordatorio que tuvo lugar en el
Paraninfo de nuestra Universidad al cumplirse los diez años de la
desaparición de Julio, pronuncié unas palabras que incluían las
siguientes: “En sociedades en que no se puede vivir sin documentos,
el desaparecido se va convirtiendo en un indocumentado. Es urgente
interrumpir este maleficio, movilizar las voluntades, desempolvar las
leyes y lograr que las flores cultivadas durante la espera reposen al
fin, sobre la losa que les corresponde”.

De modo que fui a una florería cercana a la funeraria y compré una
hermosa rosa roja. Se me explicó que era importada de Ecuador, país
donde Julio había trabajado durante seis años en programas de
alfabetización y cuya capital, Quito, cuenta con una calle que lleva,
en hospitalario reconocimiento, el nombre de Julio Castro.

A mi pedido los sepultureros colocaron mi rosa (no, no era mía, era
de todos nosotros y sobre todo de Zaira, la esposa de Julio ya
fallecida) sobre la pequeña caja, donde quedó, acompañándolo.

Hubo unas breves palabras de su hija Hebe agradeciendo la asistencia
de todos y cada uno regresó a lo suyo.

Para mí, ha concluido una trágica búsqueda que ha permitido un
reencuentro humilde, silencioso, auténtico. Como si diéramos vuelta
una página y confirmáramos que la mitad del libro sigue teniendo sus
hojas en blanco. Nos corresponde llenarlas, ante todo rindiendo
homenajes al Maestro y al Periodista que tanto aportó a la historia
de nuestras ideas y que por ellas sacrificó su vida. Lo haremos. Y
persistiremos en hacer todo lo posible por lograr que la Justicia
cumpla con el deber de arrancar de sus asesinos la Verdad que durante
treinta y cinco años nos han ocultado, a sus familiares, a sus
colegas, a sus amigos, al Pueblo todo. Como en tantos otros casos,
rodeados todavía por mayores sombras.

Julio ya descansa de su fecundo y trágico viaje. Nosotros no tenemos,
por ahora, derecho al descanso. Es mi invitación, que les hago llegar
con un dolorido abrazo,

Miguel Soler Roca,

Montevideo, mayo de 2012.