jueves, 27 de octubre de 2011

En nombre de Familiares


Palabras de: Emilia M Carlevaro, Mesa Redonda (IDM, Salón Dorado, miércoles 5 de octubre 2011, 20h.)

En nombre de Familiares quiero reconocer y celebrar que la editorial Trilce y la Red de amigos de LPA hagan el esfuerzo de juntarnos para reflexionar sobre temas tan actuales. Familiares, organización con la que contribuyo desde hace tiempo me honró delegándome su presencia en esta Mesa y yo quiero eximir a Familiares de todos los errores que pueda cometer en su transcurso.

Hechas las aclaraciones, voy a hacer las acotaciones. El pensamiento de Perico en materia de DDHH, es vasto y profundo. Está fundado en un conocimiento hondo de la teoría y en una práctica de compromiso cotidiano por su construcción. Un análisis exhaustivo exigiría herramientas jurídicas, filosóficas, sociológicas, teológicas que no están en mi caja de instrumentos. Sí está en mi la comprensión de los derechos humanos como “un camino abierto, a recorrer viviéndolo, en la que personas y pueblos van planteando – producto de sus realidades, tanto de existencia como de conciencia- nuevas metas” . Como una parte esencial de nuestra cultura. Entonces si estamos acá es porque Perico es el Perico de sus múltiples escritos y conferencias nacionales e internacionales y es también el Perico de La Huella y su permanente deambular alentando, ayudando a los que sufren, compartiendo sus dolores y luchas, sus derrotas y sus esperanzas, sus claridades y sus oscuridades. Es el Perico de la teoría y el de la praxis.

Esta convicción de Perico en la indivisibilidad de los derechos humanos y en la necesidad de vivirlos como sociedad, del compromiso y la solidaridad tiene una vigencia extraordinaria en esta sociedad nuestra y en las sociedades latinoamericanas que exigen una transformación que las centre en las personas, en su humanización.

Estamos atravesados por serios problemas en este campo y ojalá pudiéramos reunirnos para reflexionar sobre múltiples cuestiones de este Uruguay fragmentado. Pero los organizadores, correctamente, saben que eso es inabarcable en esta instancia y acotaron el tema al perdón y nos orientaron con un texto disparador. Además yo hoy estoy acá por un organismo que, en su humildad y heterogeneidad, se ocupa específicamente –sin olvidar lo demás- de la desaparición forzada de personas y razonablemente se espera que me refiera a ese punto, salvando antes el reconocimiento de la unidad (no el antagonismo) de los distintos aspectos de los derechos humanos.

Subrayo esto porque últimamente se han oído voces “antagonizadoras”, que han planteado que la necesidad de atender las urgencias de los más desposeídos de alguna manera nos impondría el abandono de hechos del pasado. Es decir, hacen variaciones con distinto texto y melodía sobre el mismo tema, aquél que todos conocimos hasta el hartazgo, y que nos refería a “los ojos en la nuca”. Pero, el nuevo texto es peor porque se plantea concretamente el antagonismo entre las necesidades de los oprimidos y postergados de hoy y las necesidades de una sociedad herida por albergar en su seno luchas y luchadores contra la injusticia y la opresión. Entonces, divorciadas ambas cosas, ¿qué hacemos con estos crímenes que nos inflingió la dictadura, si tenemos que atender a esta urgencia social? Los perdonamos… Y aquí debería decir, para usar una expresión de Perico, la mala conciencia, los obliga a desvirtuar las palabras, porque en realidad debería haberse dicho “los olvidamos”. Perdonar… ¿de qué, a quién de cada qué, a los criminales, a las instituciones?, ¿Quién perdona? No se sabe. El perdón genérico, el perdón tipo cheque en blanco, el perdón que Perico califica como “epidérmico y artificial” no existe más que como una forma hipócrita de designar al olvido.

Dice Perico “Triste sería conservar para siempre en nuestra memoria colectiva el hecho fatal de que nos hemos convertido en pueblos pusilánimes doblegados por abyectas amenazas de algunos militares que obligan a olvidar y dejar impunes a los criminales. Sería insoportable convivir para siempre con la propia vergüenza y la dignidad perdidas. La paz, que siempre es fruto de la justicia restablecida, se volvería una ilusión inalcanzable y nostalgiosa.
Y aquí aparece el rol clave de la memoria colectiva. No para juzgar, pues para eso están los jueces y el ordenamiento constitucional, sino para amparar este presente que no puede gestarse sin memoria inmediata”.
Y en otro escrito “olvidar los crímenes pasados se convertiría en un nuevo crimen contra el género humano” .

Me detengo en estas expresiones que hemos escuchado porque no son “cuentas de colores” excepcionales ni aisladas. Desde el comienzo del período post dictatorial se han sucedido permanentemente –con las honrosas excepciones que todos conocemos- desde las dirigencias políticas discursos en los que se negaban o minimizaban los crímenes de lesa humanidad; los que interpretaban a la luz de la teoría de los dos demonios; los que banalizan el mal; los que encubren criminales y los que derraman “perdones”. Ellos han sido moneda corriente en el tratamiento del tema. Y todo esto, que es siempre grave, es más grave en una sociedad con problemas de integración social como la nuestra y –por suerte- con deseos de transformación. Así se han descontextualizado los crímenes dictatoriales y se ha logrado esfumar el sentido último de las dictaduras de la Doctrina de Seguridad Nacional. Se ha logrado separarlas de su determinación de imponer un modelo socioeconómico que conlleva la injusticia social y que requiere para ello, la obnubilación de la consciencia de la gente, la paralización de su movilización, la minimización de sus capacidades críticas, propositivas y organizativas, su alienación en el día a día, la enajenación de su historia y de sus verdaderos cauces liberadores.

Algunos dirán que estas cuestiones son cosas del pasado. Sí, en nuestro país los crímenes de Estado ocurrieron en el pasado, pero en el mundo, ni en América Latina se han desterrado. Miremos lo que pasa, escuchemos las noticias. Esto no lo digo por alarmar ni confundir sino que lo digo porque los pueblos tenemos que conocer nuestra historia y todo intento de desvirtuarla no sólo nos priva de las enseñanzas útiles para desarrollarnos humanamente, para afianzar principios y sensibilidades, sino de las páginas que nos sirven para prevenirnos. Entonces la memoria, que hace a la historia, es una condición para la lucidez del presente, para la prevención de los errores y de los horrores.

Escribe Perico “No seremos constructores de unidad mientras no logremos una nueva relación con quienes padecen injustamente la desaparición forzada y la impunidad de sus verdugos…. Sólo así llegaremos a un nuevo tipo de solidaridad, de confianza mutua entre víctimas sufrientes y ciudadanos dispuestos a no banalizar nunca más el dolor que queda atenazado en la impunidad por razones de Estado o de “instituciones políticas salvadas”. Si la grandeza de esas instituciones consiste en que pueden custodiar y transmitir el recuerdo de los acontecimientos históricos, su miseria, por el contrario, consiste en los recuerdos que ellas relegan selectivamente al olvido…. Y allí están los monumentos, las celebraciones patrias junto a los silencios vergonzantes, la historia oficial junto a la oculta… Es claro que más allá de un elemental reclamo de justicia por parte de las víctimas, está la obligación que todos tenemos de impedir por todos los medios que vuelva a suceder lo que ocurrió. La memoria de los detenidos desaparecidos debe mantenerse viva en el pueblo, es vital si queremos neutralizar los efectos de la impunidad en su maldad más dañina. ¡Pero cuidado!, porque los verdugos buscarán por todos los medios impedir que se puedan hacer explícitas las razones que tiene ese pueblo para no olvidar lo que pasó. Ello está vinculado con la imperiosa necesidad que tienen los de mala conciencia de que no se mire atrás…. Una conclusión es esencial: no se recuerda, no se juzga el pasado sólo para castigar o condenar, sino para aprender… Lo vivido no debe ir a alojarse en algún lugar recóndito de la memoria. Se debe integrar al alma del pueblo afectado y hacer parte de su ser para siempre.”

A esta altura, por lo menos los adultos deberíamos saber que, por suerte, la historia no comienza ni termina con nosotros, ni aún cuando nos muramos. Así que si sinceramente queremos que la sociedad crezca en principios, en conciencia, sensibilidad y participación, mejor sería que nos dedicáramos a reforzar las tareas de investigación de la historia reciente, que ayudáramos a que la verdad que nos niegan los verdugos y sus instituciones, saliera a luz para integrar la historia sí y para insumo presente de acciones judiciales.

Otra de las “cuentas de colores” que se lanzó sobre la sociedad fue, en ocasión del fallo de la Corte Interamericana, la de la “intromisión” de tribunales internacionales. La molestia deriva porque de alguna manera se erosiona o se lesiona la soberanía. Cuesta creer que en el S XXI alguien de buena fe lance tal afirmación.

Los Estados, que son los autores de estos crímenes, salvo que hagan un cambio radical en su dirección, suelen investigarlos y juzgarlos por la presión de sectores de la sociedad civil, por presiones desde el exterior. Lo que pase en cualquier lugar del mundo con los derechos inalienables de las personas no puede quedar sólo librado a la voluntad de los Estados, aunque ellos tienen el deber de ser sus promotores y custodios. La historia es reiterativa en demostrar cómo ellos se desentienden de sus responsabilidades en los hechos o los sesgan. Todos somos partícipes de cuánto debe la sociedad civil trabajar desde fuera de las estructuras gubernamentales para denunciar e investigar los atropellos de los Estados que violan los derechos de las personas y las comunidades. Todos sabemos la importancia de la solidaridad internacional. ¿Qué debemos hacer las personas cuándo se avasalla a nuestros semejantes? ¿Debemos desentendernos porque los hechos ocurren en otro país o contra personas de otra nacionalidad? ¿Debemos ser indiferentes u omisos? No es menor el papel de defensa de los DDHH que les cabe a las sociedades, a las organizaciones no-gubernamentales generadas a tales efectos. El derecho internacional ha ido avanzando a su ritmo en incorporar y legislar la participación civil, no-gubernamental, en la función de alegar y demostrar la culpabilidad de los Estados, de controlarlos y últimamente, incluso de las personas concretas dentro de los Estados. Obviamente esto no implica que cualquiera pueda hacer cualquier cosa, sino establecer los canales y los instrumentos para que los pueblos y personas puedan defenderse cuando los Estados los avasallan.
Por supuesto que también pueden actuar otros Estados y son muchas las posibilidades que tienen para hacerlo. Simplemente se quiere dar una garantía más a la humanidad porque también todos sabemos que los Estados suelen prescindir del tema cuando no conviene a sus intereses y que –como los personajes más pedestres - suelen pensar “hoy por ti, mañana por mí”, mientras públicamente se escudan en el derecho de no intervención.
Nuestro país debe reconocer la enorme solidaridad internacional que recibió en las épocas de la dictadura en lugar de refunfuñar con estúpidos argumentos de soberanía nacional. También en este punto quiero traer a Perico: (refiriéndose al derecho de no injerencia y al derecho solidario de injerencia) “Y esto por la sencilla razón de que existe un derecho de solidaridad de los seres humanos entre sí en cuanto humanos que está más allá de las fronteras de los Estados. El derecho humano forma una unidad en la humanidad que es anterior a los Estados. Cada uno de nosotros, como seres humanos, estamos solidariamente unidos a este nivel. A nadie se le debe escapar el hecho de que la eficacia de la acción contra la violación de los derechos humanos reposa en última instancia, en una opinión pública mundial informada y sensibilizada sobre ellos. Si cada uno, individual y colectivamente, comienza a tomar sus propias responsabilidades y a considerar seriamente el derecho de injerencia en este campo, los Estados estarán más atentos a sus obligaciones y mejor controlados. En este sentido, la injerencia no será nunca algo negativo, sino el imperio de la responsabilidad y de la solidaridad entre los seres humanos”

El pueblo uruguayo, oriundo de un país pequeño, joven, al cual tanto dolor le costó instalarse como una república democrática y forjar un destino que en su momento lo honró con ser tierra de asilo y que cultivó la solidaridad, no puede, no debe, considerar como una afrenta que una corte internacional condene a su Estado. Quienes lo deshonraron son los criminales que actuaron en su nombre, no los que apelan a ella por el bochorno de tener los caminos internos tapiados. De alguna forma el Uruguay debe comprender que pertenece a un mundo en el que, fruto de la historia y de los principios compartidos, los Estados han reconocido que los crímenes de lesa humanidad no son prescriptibles ni amnistiables.

Al Uruguay le hace bien este fallo de la Corte, lo impulsa a conocer, a reconocer y a sanar la sevicia del pasado, pero también contribuye a liberarlo de la confusión a la que se ha condenado a nuestra sociedad con tantos galimatías locales. Creo que los crímenes de la dictadura fueron tremendos y creo también que la forma en que se trataron en la post dictadura fue nefasta para su reparación y para la prevención de su reiteración, lo que comúnmente llamamos el Nunca Más. Como señala P, nunca se pueden usar las mismas categorías de perdón y reconciliación del plano interpersonal para las sociedades en conflicto. En estos casos deben usarse categorías políticas que no son simples ni sencillas. “Siempre habrá que superar el círculo vicioso de las revanchas, de los desquites y venganzas. Pero nunca a costa de incorporar a la comunidad al enemigo con su injusticia, prescindiendo de un análisis profundo y serio de sus propósitos. El pastor nunca mete al lobo en el redil de las ovejas”
En nuestro país, las víctimas sobrevivientes, los familiares de los desaparecidos y los opositores a la dictadura han dado sobradas muestras que no los guía la revancha, el desquite o la venganza. Por ahí no se generó ni está el problema. Éste surge del tratamiento político nefasto para la reparación del tejido social que han impulsado muchos dirigentes políticos y responsables institucionales (algunos por mala fe, otros por cobardía, otros porque priorizan sus intereses, etc.). Así nos han privado de la oportunidad de que en la democracia renaciente forjásemos el desarrollo de una sociedad con principios humanos y humanitarios sólidos, reforzados por la experiencia histórica; una sociedad recreadora de los principios artiguistas con una sensibilidad actualizada.

No tengo tiempo, y a esta altura no deseo, enumerar la ristra de canalladas con que algunos han tratado el tema. Su espectro va desde la mentira a la banalidad; desde la flaqueza de voluntad hasta la hipocresía de algunos que llegan a metamorfosearse en demócratas; desde la prepotencia y la amenaza al servilismo. A ellos, Perico les advierte: “Cada vez que un político manipula el dolor de los demás y ofrece lo que sabe que no es una solución está manoseando lo más sagrado que tiene la sociedad: la esperanza de que un día seremos más humanos.”

Muchas gracias.
Publicado por Madres y Familiares de Uruguayos Desaparecidos