sábado, 17 de diciembre de 2011

Inspección ocular en el cuartel de artillería 1

Grupo de Artillería Nº 1 sin “santa patrona” que lo ampare

DESCUBRIENDO “MUSEOS” DE LA COBARDÍA FASCISTA Y FLAGRANTES
EVIDENCIAS DE LOS DELITOS DE LESA HUMANIDAD DE LA DICTADURA

“El mundo no está en peligro por las malas personas sino por
aquellas que permiten la maldad” (Albert Einstein).

Ayer, jueves 15 de diciembre de 2011, ocho ojos gastados pero bien abiertos y la muy buena memoria sensitiva de una ex prisionera y tres ex prisioneros de la dictadura, deambularon febrilmente durante dos horas y media por las instalaciones del cuartel del Grupo de Artillería Nº 1 “Brig. Gral. Manuel Oribe”, del barrio La Paloma, en la Villa del Cerro de Montevideo.
No habían vuelto a caer, obviamente, aunque la vivencia tuvo algo de libertad (esta relativa libertad de los uruguayos) cercenada, sin ninguna duda y sin metáfora alguna.
Íban agobiados aunque resueltos tras lo que hasta unas pocas horas antes parecía una auténtica “misión imposible”, que, sin embargo. resultó ser una fructífera penetración en el “túnel del tiempo”, de un tiempo jodido y tenebroso y de una durísima realidad que golpea fuerte y con la que no podrá competir ni la más audaz creación de la ciencia-ficción o la literatura de terror, jamás de los jamases.

Poco después de las 09.35 de la mañana, Irma Leites, Javier Peralta, Raúl Rodríguez y Gabriel Carbajales –cuatro ciudadanos de a pié mismo-- se animaron a poner en práctica –como testigos directos— lo dispuesto por la fiscal y la jueza actuantes en una denuncia colectiva por gravísimos delitos de lesa humanidad, recientemente presentada ante la Justicia Penal por un número importante de mujeres y hombres víctimas de tales delitos, ya largamente cincuentonas y cincuentones, aunque muchas y muchos aparenten haber llegado hace rato a los 70 cumplidos.

La “misión”, cruda, ingrata --casi dantesca--, pero necesaria, era si se quiere “sencilla” al menos para el sentido común de los que no estamos habituados a tallar con la lógica “formal” de los verdugos impunes:

Buscar, olfatear, ubicar y señalar, casi 40 años después, el lugar físico exacto en el que centenares y centenares de detenidas y detenidos del “proceso” –cerca de 700--, fueron salvajemente torturados por efectivos militares pertenecientes a dicha unidad, en una cacería humana que duró poco más de una docena de años y en la que destacó por su dureza extrema y su insana cobardía, el protagonismo de oficiales, suboficiales y “clases” de Artillerìa 1 en los sucesivos períodos de represión feroz contra el movimiento popular, entre 1972 y finales de 1984.
(Esta unidad militar no fue la única, por cierto, pero sí una de las que más sobresalieron por llevar la tortura a expresiones brutales, y por repudiables asesinatos aún no aclarados).

Acompañados por personal de Policía Técnica y un médico forense, y escoltados por oficiales a cargo del cuartel y varios soldados a su mando, las dos representantes del poder judicial y los cuatro testigos, atravesamos lenta y oblicuamente la “plaza de armas” en la que antaño eran estaqueados al rayo del sol los prisioneros, u obligados a mantenerse de plantón, desnudos, hasta caer abatidos por el frío, el sueño y el cansancio, y volver a ser levantados a golpes, o simplemente desmayados a culatazos gracias a alguna “orden superior” llegada desde el “casino” de oficiales (el lugar de “recreación” y solaz gastronómico más “clasista”, si los hay, de un cuartel, es ése, el llamado casino de oficiales: allí, salvando distancias, la oficialidad es un símil caricaturesco de la más rancia vacuno-cracia financiera, y el milico raso, el “recluta”, es el peón de estancia siempre listo para servir al “patroncito”, cumpliendo hasta las órdenes más aberrantes imaginables y las no imaginables también).

Nos costó identificar el lugar preciso donde muy intermitentemente recibieron visitas familiares las detenidas y los detenidos que permanecieron más tiempo en esta unidad, antes de ser trasladados a los penales de “Punta de Rieles” y de “Libertad” o a otras dependencias militares en las que seguirían siendo torturados, o serían asesinados o “desaparecidos”. Debimos seguir caminando sin poder ponernos de acuerdo sobre esa ubicación con exactitud.

Enseguida, entramos a un gran espacio repleto de cuchetas dobles y vetustos guardarropas de madera apolillada, que oficia actualmente de dormitorio de una tropa a la que el hacinamiento y la promiscuidad en el descanso, le recuerdan permanentemente que es el último orejón del tarro de la selva cuartelera.

Allí, hace cerca de cuatro décadas, eran obligados a “dormir” los prisioneros, pero no en las cuchetas, sino sentados, sin recostarse a la pared y sin poder hablar entre sí más que en algún susurro robado a la fiera atención de una guardia que se paseaba con armas largas y mirada bien celosa, desplazándose sin parar sobre un grueso pretil de ladrillo, a cuyo costado estaba estampada en un gigantesco cuadro al óleo sucio y maloliente, “Santa Bárbara”, la “patrona” de los artilleros, según una de las tantas fantasías castrenses elaboradas para buscar protectores divinos para el triste oficio de la muerte y una anacrónica justificación a la disciplina fundada en el terror del arresto a rigor por pretender discutir una orden, por simplemente pensar o porque a alguna charretera histérica se le ocurre nomás.

De ahí seguimos hasta un abandonado y mugriento frontón de pelota vasca, que era tal por aquellos años, pero también jaula de los ovejeros alemanes y los doberman con que se paseaba la guardia custodiando a los prisioneros. Pegado a él, otro frontón semi cerrado y ahora convertido en leñera, había servido antaño como escenario de los simulacros de fusilamiento, operación especialmente aplicada a la gente más dañada psicológica y físicamente, tendente a destruirla moralmente e inducirla a desmoronarse completamente en “la máquina” (la tortura): palmadita en el hombro, despedida, y la orden de salir corriendo, encapuchado y esposado, hacia una enorme pared de piedra sobre la que inmediatamente se empezaba a disparar con pistolas automáticas, zumbando las balas muy cerca de quienes tenían ya sobrados motivos para creer que aquello podía no ser una terrorífica parodia de ejecución..

(A veces, muy de vez en cuando, ese mismo lugar era el de increíbles “recreos” que duraban diez minutos y de los cuales se volvía invariablemente sancionado por haber levantado la venda y haber mirado al cielo o a los centinelas armados a guerra, en una ronda demencial que no era recreación, precisamente, sino más bien una forma más de la tortura y de la bestialidad cuartelera fascista).

Pero, bueno, abreviemos. El relato de todo esto –no se lo puede disimular-- agobia espiritualmente mucho más que el mismo peregrinar cuartelero de ayer en busca de la tristemente célebre “sala de máquinas” de La Paloma, que resultará pieza clave para el fallo judicial en curso.
La búsqueda misma, compartida, colectiva, conversada, amenizada con algún comentario tipo humor negro (“Apurémonos –dijo alguien bajo la lluvia--, no sea cosa que nos agarre un golpe de estado aquí adentro”), causa menos pesadumbre que su misma descripción o reconstrucción escrita intentada posteriormente.

Nos dirigíamos hacia el galpón que también fue usado para secuestrar tandas de más de 200 detenidos separados por fardos de paja sucia y restos de vehículos, cuando la mirada hacia una estructura central de ladrillo, al borde la plaza de armas –con inofensivo aspecto de rincón para la meditación trascendental y el retiro espiritual--, nos hizo descubrir el sitio que fue propiamente la antesala de la tortura, para todas y para todos los capturados en los sucesivos “mega-operativos” de las “fuerzas conjuntas” destinados a liquidar cualquier resto de organización del movimiento popular, incluso mucho después de desarticuladas totalmente sus organizaciones políticas armadas.
Imposible no identificar automáticamente en ese apacible lugar, la tenebrosa escalera de piedra de quince peldaños, por la que se empujaba a todo el mundo, apenas capturados, a un par de corredores ladeados por calabozos, para dejarte de plantón, en “la previa”, mientras la milicada pasaba y te reventaba los tobillos, los oídos, la espalda, a cachiporrazos o culatazos, “preparándote” para la que se venía, mientras un tocadiscos de mierda a toda voz repetía y repetía “salta, salta, salta, pequeña langosta”, atenuando los gritos que venían de abajo de la escalera, desde la espaciosa “oficina” de piso de adoquines en la que los Luis María Agosto, Jorge Silveira y José Gavazzo, entre muchos otros oficiales, iban ejerciendo la innmunda tarea de torturar a mansalva, para arrancar información, para divertirse, para saberse los mejores fascistas, para saciar sus apetitos de simples criminales a sueldo y para hacer honor a su condición de ratas “humanas” sin perdón de dios, del diablo ni mucho menos del pueblo.

Suspirando de alivio contradictorio, en cierto modo, fuimos descubriendo en la parte de arriba, de un lado, camuflados restos de calabozos de un metro y medio por dos metros, con paredes desprolijamente tiradas abajo, en los que ahora se guardan las uniformes “de gala” del cuartel, con sus chirimbolos de utilería, pero cuyas puertas conservan todavía las ventanucas de veinte por veinte y sus mirillas, por las que los carceleros controlaban a los prisioneros. Del otro lado, tras el descanso de la escalera, el espacio total de lo que fueron los otros tres calabozos, es ahora un pequeñísimo dormitorio femenino, tan claustrofóbico y opresivo como antes, a pesar de unas colchas rojas brillantes que se asemejan a las pilchas de papá Noel (“no duerman más aquí –le dijo Irma a una funcionaria--; tendrán malos sueños”).

Volvimos abajo, al pasillo debajo de la escalera que ahora no conduce a ningún lado y que antes era el corredor hacia la “sala de máquinas”… Nada, absolutamente nada que pudiera explicar la sobrevivencia sin sentido del corredor: paredes muy bien blanqueadas con cal espesa, evidencias de cosa muy reciente, nada que indicara la existencia de aquel espacio del terrorismo de Estado practicado bestialmente por los que hoy niegan sus respectivas culpablidades, cayendo en aquella “falta de carácter” que era motivo de arrestos e incomunicaciones tanto para los prisioneros como para los poquísimos milicos rasos que se atrevieran a desoír las sinrazones del “mando superior” inmediato.

Sin embargo, el registro con ojos de albañil y cabeza de ex preso que no puede admitir que el lugar donde fuera torturado se convirtiera en algo atribuible al delirio, permitió detectar los signos bastante chabacanos de una puerta tapiada a las apuradas, seguramente no hace mucho tiempo.

La orden judicial de inspección del cuartel, contemplaba la “visita” a cuanto rincón cuartelero reclamaran los representantes del poder judicial. Por lo tanto, nos dirigimos hacia el lugar al que debería habernos conducido la puerta tapiada, que hasta ese momento parecía tan solo la representación material de la pérdida de memoria y el desamor por la verdad que la dictadura y la post dictadura pretendieron de todo el pueblo uruguayo con la generosa asistencia de los que votaron la Ley de Impunidad.

¡Oh, sorpresa!... La sala de torturas es ahora un inútil pero colorido y “pintoresco” museo de cachivaches militares dispuestos para la veneración místico-funebrera de los amadores de la industria bélico-represiva (viejos y lustrosos cañones de fines del siglo XIX; gigantescas balas bañadas en bronce y cobre; pedazos de charreteras de algún viejo personaje de la vieja artillería “oriental”; un busto de algún “guerrero” que la historia apenas reconoce; vetustos calibradores de acero, tenazas, pinzas, picas de zapador, restos de un pasado de ejército que solo mateaba a la sombra de la arboleda de la plaza de armas, a la espera del próximo golpe de estado; y, entre otros pendorchos y emblemas del poder verde, muchas, muchísimas y carísimas monturas y arreos dispuestos abigarradamente para ocultar los vestigios de puertas y ventanas tapiadas, tan mal y burdamente tapiadas, sin embargo, que se pueden apreciar –y fotografiar-- a simple vista desde el exterior nomás, en verdaderos remiendos de ladrillo nuevo sobre ladrillo viejo).

Alguien reconoce en un viejo tomacorriente en el piso, la evidencia de la “modernización” del cuartel de La Paloma de mediados de los ´70, con la adquisición de la picana que el coronel Agosto dice no haber utilizado “jamás”, para afirmar que él únicamente era el jefe de “los apremios físicos” (“el submarino”, “el potro”, “la colgada”, “la estaqueada”, “el plantón”, etc., etc., ¡pero no de la tortura!!!). Alguien reconoce también las huellas de donde pendía una roldana utilizada para el sumergimiento “automatizado” en el tacho o submarino, cosa de que los sacrificados verdugos no se mojaran sus delicadas manos en pleno invierno congelante y se atacaran de zabañones… Alguien llega a reconocer una vieja y podrida silla en la que eran sentados los torturados para recuperar energías y volver a “la máquina” nuevamente…

Imposible describir todas las huellas del “pasado reciente” en esta verdadera escenografía de la hipocresía y la cobardía militar (de ayer y de hoy, ¡qué joder!), en este estúpido “museo” de la maldad que únicamente pueden haber concebido los que no solamente le temen a la verdad y el castigo, sino también los que nos hablan de un “honor” que, la verdad, es el “honor” de los culpables, de los directos y de sus encubridores y cómplices más allá del tiempo y de los plebiscitos y las leyes modificatorias que no pueden modificar nada más que lo aparente.

Fue unánime: tanto los testigos como los acompañantes de visita en La Paloma, no pudimos soportar más tanta elocuencia de los hechos, tanta verdad a la vista, tanta ofensa necia a la inteligencia y la sensibilidad humanas. Habíamos ubicado finalmente lo que habíamos ido a buscar, y todos sudábamos la gota gorda.

Estaba, justamente, en el sitio en el que los arcaicos planos del cuartel, señalaban la supuesta existencia de lo que parecía haberse construido, premonitariamente, para que un día los verdugos clamaran al cielo un perdón que jamás llegará de la tierra: una capilla, la capilla de Artillería 1, mutada en centro de la tortura masiva y luego, muy luego –muy luego y muy impunemente--, en este macabro, imbécil y autocondenatorio “museo” de no se sabe qué mierda, de cuyas connotaciones e implicancias no te salva ni “Santa Bárbara” ni el más santo de los santos robados por la liturgia homicida de los represores profesionales, manejen los fierros que manejen, ostenten la omnipotencia que crean ostentar, sean artilleros o simples sicarios a la orden de los autores intelectuales de una historia aparentemente “sin fin”, pero que ya nadie podrá mantener socavada en ningún museo o cualquiera otra invención “cultural” al servicio de la mentira o de una “paz” tonta y perdonavidas que es la antítesis del clamor popular por juicio y castigo, que no se arredrará ante ninguna zonza ilusión de seguirnos pasando gato por liebre o tortura y crimen por “malos tratos” o “apremios físicos” practicados por pobres viejitos y viejitas que siguen siendo jóvenes e imperdonables asesinos del pueblo.

La Paloma queda atrás (atrás de un Cerro obrero que sufrió la tortura sin estar en “la capilla”), pero en la camioneta del poder judicial viajan de vuelta una docena de personas muy distintas en muchos sentidos, pero cuyas respectivas conciencias llevan impregnada una pequeñísima parte de la verdad y un muy íntimo sentimiento de que no hacer justicia, aunque parezca tardíamente, es hacerle creer a los asesinos de ayer y de hoy, que nosotros, todos nosotros, somos sus cómplices.

Gabriel Carbajales, 16 de diciembre de 2011