sábado, 14 de mayo de 2011

Conversación virtual con María Ester Gatti.

Conversación virtual con María Ester Gatti.

¿Dónde estás que te preciso?

¿Te han avisado lo que sucedió?

Estas últimas semanas han acontecidos hechos que me inquietaron y extrañé nuestros coloquios matinales.

Recordé aquellas largas y solitarias mañanas, cuando me contabas de la eterna espera… de tus angustias nunca demostradas… de tu fortaleza construida debajo de tu piel.

Y de la pregunta que nunca obtuviste respuesta alguna…que dolió y surcó tu larga vida: ¿Dónde están?

Te recuerdo con tu mirada clara, tan clara como tus ideas, y tu decisión de justicia.

Te recuerdo y te sigo pensando, cuando me relatabas una y otra vez, con la distancia estrecha.

de las tazas humeante de té por las mañanas soleadas. La búsqueda de tu hija, de tu nieta en aquel apartamento, que nos terminó de unir definitivamente.

Aquel largo ventanal de tu apartamento, que albergó tu soledad de abuela sin nieta, sin

hija, sin nada.

Muchos intentamos ocupar con amor y cariño inmenso, un tramo de tu espacio de soledad, cedido gentilmente por ti. Y allí nos acunaste para siempre como hijas/os sustitutos.

Se me antoja recordar hoy, cuando me relataste aquel episodio de la entrevista que tuviste muchos años antes con el apropiador de tu nieta.

Tu relato sereno invariable a pesar del tiempo pasado, tú me decías: -y me fui sola cruzando el río de la Plata para Argentina, a verme con ese señor Miguel Ángel Furci, que me había impuesto determinadas pautas para vernos…”sola señora, venga sola”.

Te iba imaginando mientras tus palabras se deslizaban en cadencia, sorteando vayas por ti en silencio… segura, con miedo y bravura.

Atrás dejabas a tu esposo en la retaguardia,” para preservarlo me decías…”sin embargo yo pensaba y traducía para mis adentros… no más pérdidas.

La esperanza de saber, la esperanza de lograr una fibra de humanidad en él…. “¡ya habían pasado tantos años!…quizás…pero no”.

Y así fui viendo tu fortaleza, de levantarte una y otra vez del dolor cuando me decías: – y el Furci con total frialdad me trataba de vieja, de arpía, me mostraba cartas escritas por esa niña ya crecida, donde el odio construido había hecho mella en esa niña…mi nieta, para ocultar su crimen perpetuo.

Y me volví sola de nuevo...sin nada-

Y luego sin prisa, pasabas como en una película a otra escena para mi saber.

Un día decidiste ir a ver; al mayor Gavazzo.

De nuevo lo mismo... me dijiste que habías averiguado los días que iba el cobrador de UTE al edificio donde vivía ese señor. Te fuiste sola…una vea más -para preservar-.

Te metiste en un santiamén, subiste el ascensor y tocaste el timbre.

Te anunciaste sin más que decir era suficiente -soy María Ester Gatti la abuela de Mariana Zaffaroni-. Y la mujer que te atendió, le dio el paso al mayor Gavazzo, que asomó a la puerta.

-Pero señoroora. La guerra no fue contra los niños… vaya tranquila palmeándote la espalda.

Y volviste sola de nuevo, pero firme… entera.

Y volviste a insistir otra vez más. Te fuiste a la jefatura de policía donde ese mayor había ido a parar preso por una estafa con dólares falsos. Pasaste un control y otro, y cuando quisieron acordar ya estabas adentro anunciándote de nuevo –“soy María Ester Gatti”-, como un pasaporte de coraje y rebeldía. Y se negó atenderte… y te fuiste sola sin nada.

¡Jamás van a decir nada! me anunciaste con certeza implacable!

Solo a través de la justicia podremos lograr algo, así fue tu sentencia, que hoy recuerdo como legado.

Quería recordárselo para todos, por eso vine a conversar y recordar de nuevo contigo…a la distancia. Pero quiero pedirte algo Gatti:

Esta vez déjame a mí que te preserve de lo que sucedió.

MARTHA PASSEGGI.
reportera-gráfica.