domingo, 26 de febrero de 2012

Un relato de Daniel Conde Montes de Oca

Carmelo

No solo era corrupción que pesa a los malvados

Un relato de Daniel Conde Montes de Oca

Ante acontecimientos que se vienen dando en relación al juicio por la muerte de Aldo "Chiquito" Perrini, es que yo me permito colgar en el muro esta nota que escribí para el semanario "El Eco" de Carmelo, que sintetiza mi vivencia sobre el hecho. Daniel Conde.

"Cuando en el auto de Jorge G. nos encontrábamos a unos pocos kilómetros de Carmelo, estaban apostadas en la casa de comercio y paraje Guillermo Rodríguez unas cuantas unidades del Ejército Nacional: camiones, jeeps, y un camión particular color celeste –si mal no recuerdo–, perteneciente a conocidos militantes de la izquierda local detenidos por ese entonces; la importancia del contingente anunciaba allanamientos y detenciones en el correr de la mañana.

Las palabras de Jorge G. fueron: “Hoy te vienen a buscar a vos”.

Era semana de Carnaval. Pero desde finales del mes de diciembre, en forma sistemática, venían llevándose gente en la ciudad de Carmelo, que era trasladada al Batallón “Oriental” de Infantería Mecanizado Nº 4. Con los que llevados esa mañana, iban a rondar las cien personas detenidas. Y así como hoy día hay capitales nacionales del “cordero pesado” o “del asado con cuero”, bien podría decirse que éramos sin lugar a dudas en aquella época “la capital de la subversión”…

Hasta esa fecha, 26 de febrero de 1974, ninguno de los detenidos en estas “razzias” había recuperado la libertad; algunos de los ya procesados fueron vistos por sus familiares, pero sus diálogos eran estrictamente controlados, por lo cual el ambiente interno del cuartel no se conocía.

A las 10 de la mañana de ese día se abrieron las puertas de mi cuarto. Además de mi madre, había integrantes del ejército y un policía de Carmelo que hacía de práctico para la ubicación de los “facciosos”, término usado en la época para identificar a los miembros del MLN-T; estaba prohibido usar el término “Tupamaros” en los medios de comunicación, y cuando había que referir a ellos las denominaciones utilizadas eran “facciosos” o “subversivos”.

Porque exactamente eso era lo que venían a buscar: “subversivos”. Se llevaron algunos libros y, por supuesto, a mí, un uruguayo de 19 años, militante en ese entonces de la Unión de Juventudes Comunistas (UJC). Mi militancia estricta había sido a nivel gremial universitario, y la UJC era y es en la actualidad el brazo de la juventud del Partido Comunista que actuó en la legalidad hasta que fuera declarado ilegal por el gobierno de facto de Juan María Bordaberry.

Mi madre se despidió de mí diciéndome: “Si hay justicia, te van soltar”. Pero de las dos cosas, en una se equivocó: no había justicia; en la otra acertó: me soltaron después de casi un mes largo de detención y de haber pasado a juicio militar acusado de integrar el MLN-T.

Ya en el corralón de la Seccional 3ª de Carmelo, nos vendaron los ojos y nos ataron. La Policía de Carmelo del momento, integrante de las llamadas “Fuerzas Conjuntas”, vieron en qué condiciones fuimos trasladados. Pude ver que mi locomoción de vuelta al baile esta vez no iba ser el cómodo Peugeot 404 de Jorge, sino uno de los camiones que en la madrugada había visto apostado en el lugar referido.

Uno de mis compañeros de viaje, entre otros, era Aldo “Chiquito” Perrini, quien lamentablemente no retornó con ninguno de nosotros, ni tuvo aunque sea la chance de perder la libertad pero permanecer con vida. Hizo notar su presencia entre nosotros diciendo a qué se dedicaba… (“Yo vendo helados, ¿por qué me llevan?”) Y por su voz, conocida para mí, era evidente que él iba con nosotros.

En el camión, los asientos de los soldados éramos nosotros mismos. Fueron castigándonos y sentados arriba de nosotros hasta el mismo cuartel de Colonia. Ahí escuché los primeros gritos de dolor ajenos y emití los propios, además de diferentes voces familiares de compañeros de infortunio: “No se quejen, miren que ustedes quemaron al oso”, haciendo alusión al episodio triste y brutal ocurrido en Carmelo en tiempos pretéritos, cuando algunos ciudadanos prendieron fuego a una persona disfrazada de oso, por supuesto en semana de Carnaval. Aquella frase nos fue repetida hasta el hartazgo durante toda nuestra estadía en el cuartel, lo que para mí es algo que muestra aun más el ensañamiento que había con nosotros para justificar la brutalidad ejercida, así como con la comunidad, ensañamiento que tal vez alguna vez pueda ser explicado.

Cuando me tiraron del camión, uno dijo: “Te olvidaste de ponerle la escalera”. Por este “olvido”, hasta el último día que estuve detenido fui atendido “cada tanto” por una lesión en el hombro, además de otras que se produjeron por el “rigor” con el que nos trataba el personal subalterno, según declaraciones de los oficiales, que surge de una investigación interna que se realizó, y que recoge un artículo de “Brecha” del periodista Samuel Blixen del 20 de enero de 2012. Sin embargo, pienso que si todo esto hubiera sido dispuesto por el personal subalterno, tendríamos los peores oficiales que cualquier ejército podría ostentar.

No voy a relatar ningún suceso de los acontecidos en el Batallón. En primer lugar, porque soy testigo del caso y no corresponde agregar elementos por esta vía; en segundo lugar, no es relevante para lo que quiero expresar en esta nota.

Hay dos cosas que después de casi cuarenta años me dijeron dos compañeros que estuvieron detenidos en esa época que me han hecho meditar sobre lo actuado en forma personal: un compañero detenido un mes antes, me expresó: “Yo no sé cómo ustedes, sabiendo lo que estábamos pasando, no hicieron nada y siguieron haciendo su vida normal”, palabras más, palabras menos; y otro detenido el mismo día, proclamó: “Si un hijo mío fuera preso en las condiciones que estuvimos, me haría matar en la puerta del cuartel, pero ahí, en forma pasiva, no lo dejo”.

La incredulidad no justifica nuestros errores; ni tampoco la confianza, cuando no acepté ir hasta Nueva Palmira para irme a la Argentina esa noche del 26 de madrugada por creerme inocente, cuando yo era totalmente consciente de la inocencia de cantidad de compañeros que estaban injustamente detenidos por seguir expresando libremente sus ideas y por tratar de recuperar el estado de derecho violentado en nuestro país. Y voy a ser franco: siempre he pensado que en el tema violación de derechos humanos no hay cuestión de inocencias, es cumplir o no cumplir con sus preceptos.

La aparición de los restos del Maestro Julio Castro es uno de los hechos que marcan más al delito de opinión y al temor que tuvo nuestra dictadura a los hombres que pensaran en forma libre, además de desenmascarar claramente a las Fuerzas Armadas de nuestro país como ejecutoras de personas que no estuvieron amparadas con el más mínimo derecho.

Cuando hace pocos meses fuimos con la Jueza Mota a hacer el reconocimiento del cuartel, creo que ninguno de los involucrados nos pudimos sustraer al sentimiento amargo de los momentos vividos, de los lugares comunes, de los lugares cambiados, de la forma que nos cambiaron la vida. En el momento del ingreso, fuimos fotografiados por una militar vestida con uniforme de guerra en la puerta del cuartel, y tuvimos que entregar las cédulas de identidad, cuando en realidad nosotros estábamos ahí en calidad de testigos de la señora Jueza; y en la recorrida propiamente dicha, ver a los hijos de “Chiquito” junto a nosotros, deambulando por aquel cuartel enorme tan enorme, que al revés de cuando vemos cosas que de chicos nos parecían inmensas y de grandes nos parecen chicas, bueno, esa visión de vida tan pequeña que nos permitieron tener detenidos me pareció inmensamente libre.

En una nota reciente se titulaba “Un lobo cuidando ovejas”, referida al General (R) Pedro Barneix, a quien el ex Presidente Vázquez había requerido su colaboración para encontrar a los desaparecidos, y quien supuestamente podría ser uno de los tres oficiales que interrogaron a Perrini.

El escudo de Infantería de Colonia tiene cuatro lobos; “en el aspecto heráldico general, representa al hombre de guerra que no da cuartel a su enemigo”, Pero… ¿quién era el enemigo? ¿Y cuántos lobos hubo, cuántos lobos civiles colaboraron para armar uno de los procedimientos más absurdos y crueles llevados a cabo por la dictadura militar?

Sin duda, a la fecha, la Institución militar es la que menos ha cambiado. Todos los uruguayos hemos puesto de nosotros mucho más de lo que podíamos poner. Ahora, quienes están sometidos a jerarquía, pueden mentir con la mayor impunidad para que el Estado gaste millones tratando de encontrar a gente que escondieron, diciendo que personas que torturaron hasta la muerte perdieron la vida por las causas más inverosímiles, colgadas de bufandas o por estrés.

No pido nada a las autoridades, porque me consta que el tiempo en el que les ha tocado gobernar es tan difícil como los otros, y que son momentos diferentes más fáciles para algunas cosas y más complicados para otras, pero a quienes integran una Institución a la que una vez el General Artigas perteneció, no pueden dejar un legado de mentira, prepotencia y muerte, pensando solamente en el honor que tantas veces se ha reclamado".