lunes, 2 de junio de 2014

Escrutinio de elecciones internas 2014 Uruguay.

Prensa La República
Cuando se llevan escrutados el 74,1% del total de circuitos (5292 en un total de 7137), se llevan emitidos un total de 719.535 votos. El escrutinio de las elecciones internas se detuvo momentáneamente para permitir el descanso de los funcionarios abocados a la tarea.
El Partido Nacional ha recibido un total de 310.221 sufragios, de los cuales 163.399 son para Luis Lacalle Pou; 146.042 para Jorge Larrañaga; 174 para Alfredo Oliú y 46 para Alvaro Germano.
El Frente Amplio recibió hasta el momento 203.587 sufragios, de los cuales 171.298 son para Tabaré Vázquez y 31.791 para Constanza Moreira.
El Partido Colorado recibió hasta ahora 99.066 votos: Pedro Bordaberry 70.049, José Amorín Batlle 28.602 y Manuel Flores Silva 207.
El Partido Independiente lleva contabilizados a su favor 2.697 votos; Asamblea Popular 2.935; Partido de la Concertación 512; Partido de los Trabajadores 456; Partido Ecologista Radical Intransigente 828; Unión para el cambio 193; Unidos 155.
Votos en blanco parcial 61.545; votos totalmente en blanco 16.919; sobres con hojas anuladas en su totalidad 5.969; total observados 14.452; suma de votos emitidos 719.535





domingo, 1 de junio de 2014

Uruguay elecciones internas de los partidos políticos 2014

Uruguay 2014

Elecciones internas de los partidos políticos.
Primeras imágenes de los votantes







 

 Para los uruguayos radicados en España, Noruega, Francia, Australia y Suecia
 

martes, 22 de abril de 2014

Placa- homenaje- Los ovillos de la Memoria- Las muchachas de abril.

Acto  homenaje realizado en las puertas de la casa donde fueron acribilladas las muchachas de abril  imágenes. 









Publicación del libro los Ovillos de la Memoria año 2006. Muchachas de abril
En 1974, pocos meses después de la instalación formal de la dictadura, cubría al país una ola represiva. Bajo la lupa militar estaba toda la población, especialmente los ciudadanos definidos en las categorías B y C por los servicios de inteligencia. Los centros de estudio, los lugares de trabajo, clubes de todo tipo eran vigilados silenciosa y metódicamente en los albores de la coordinación represiva que se conocerá como Plan Cóndor. Quedaba mucho por desmantelar, por deshacer. La escalada represiva llevará a un profundo y cruel genocidio cultural, político, ideológico y organizativo que atravesará todo el período dictatorial y llegará hasta nuestros días. Los militares arman los organigramas de las organizaciones populares y orquestan su desarticulación, en sus escritorios con soldaditos de plomo reinventan la guerrilla, los enfrentamientos, los desembarcos, para ellos la guerra continúa...
“(...) Efectivamente, la noche del 20 al 21 de abril de 1974 se recibió la orden del mando de realizar un allanamiento en la finca sita en la calle Ramón de Santiago número 3086 apartamento 3, domicilio de Washington Javier Barrios, integrante del MLN. Al llegar a dicho domicilio no se obtuvo respuesta al llamado efectuado, recibiéndose sorpresivamente varios disparos de arma de fuego que alcanzaron al capitán Julio César Gutiérrez, quien cayó herido. Al intentar ayudar al camarada caído, se produjo otra ráfaga de disparos uno de los cuales hirió al jefe responsable del operativo.”
El operativo realmente fue en la calle Mariano Soler 3098, apartamento 3, y por posteriores reconocimientos se sabe que estuvo a cargo del general Juan Rebollo y que participaron también los generales Julio César Rapela y Esteban Cristi, los mayores Armando Méndez y José Gavazzo, el coronel Manuel Cordero y los entonces capitanes Mauro Mariño, Julio César Gutiérrez y Jorge Silveira.Aunque ellos olviden el hecho, en ese episodio también murió el agente Dorval Márquez, totalmente ajeno al hecho, que se dirigía a su casa en bicicleta.Pero no fueron los únicos que estuvieron presentes, ni fueron los únicos que vieron; son muchos los testigos, muchos los que guardan memoria, y los asesinatos surgen de las voces que nos ayudan a reconstruir ese día.Cuando “Pelusa”, una de las vecinas, se despierta, están intentando entrar a su casa. Mira por una de las ventanas, ve a los militares y también a alguien vestido con un “gamulán” beige que estaba con ellos y que, según le pareció, señalaba hacia su casa.  Abre la puerta, y mientras le preguntan quién vive allí puede ver que en las azoteas muchos soldados apuntan a los apartamentos, como en un juego de guerra, espalda con espalda. Uno de ellos grita que esa no es la casa; le hacen cerrar la puerta y quedarse adentro. Desde los techos de la casa de al lado le gritan que cierre las persianas. Cuando intentan abrir otra puerta escucha al muchacho del gamulán gritando:—¡Está desarmada, no tiren!De pronto ve a un oficial que grita:—Viene por la calle El Iniciador, en bicicleta.Creyeron que el que venía era Washington; la bicicleta se acercaba, le dieron la voz de alto, no respondió, dispararon y el ciclista cayó herido. No se pudo hacer nada, el agente Dorval Márquez, que volvía a su casa después de la jornada de trabajo no escuchó, se sumó otra víctima. Años después reconocen al mayor Gavazzo como protagonista de este episodio.Gabriela, la hija de Pelusa, que era una niña en esa época, tiene la imagen todavía grabada. Vio cuando sacaban los tres cuerpos en parihuelas, eran como inmensas muñecas de trapo; una era Silvia Reyes, su brazo sangrando asomaba colgando bajo la sábana, en la mano tenía el anillo de Washington. Gabriela conocía ese anillo, Silvia le permitía probárselo.En el apartamento 4 vivía Gloria. Estaba embarazada y tenía una niña de 2 años. Esa noche estaba en la cama junto a su esposo. En el dormitorio irrumpió Silveira con varios soldados, no los dejaron moverse hasta el amanecer. Escucharon los disparos, eran tantos que las paredes temblaban, pensaron que en cualquier momento podían atravesarlas. Hugo, el esposo, decía:—Sáquennos de acá, las balas van a pasar para este lado.Les pareció que los milicos estaban tan asustados como ellos, mirando y rogando que la pared resistiera. Después supieron que la primera hilera de ladrillos quedó prácticamente deshecha, la pared era doble.Jacqueline tenía entonces 10 años, vivía con sus padres apartamento por medio del de Silvia y aquel 21 de abril estaba dormida profundamente.“De golpe me despiertan gritos y golpes terribles en las ventanas y en la puerta de entrada –relata–. Con mucho miedo me senté en la cama de un salto y comencé a entender lo que gritaban:—¡Abran, abran, somos las Fuerzas Conjuntas, abran que tiramos!Eran muchas voces y seguían golpeando y gritando como desesperados. Salí de la cama y fui gateando al dormitorio de mis padres, tenía mucho miedo. Oía el ruido de las ametralladoras y pensé que podían tirar contra las ventanas, porque seguían gritando:—¡Abran, abran que tiramos!Si lo hubieran hecho, seguro que me habrían matado, porque tenía que pasar frente a las otras ventanas. En ese momento mis padres prendían la luz, saltaron de la cama y corrimos hacia la puerta, gritando que no tiraran e iban prendiendo las luces, abriendo las cortinas y por supuesto abrieron la puerta de entrada. No entendíamos nada, mi madre dice que eran las 2.45 de la madrugada; nos parecía que eso no era realidad, que era una pesadilla. Al abrir la puerta se abalanzaron una cantidad de militares con metralletas que apuntaban a mis padres y a mí. El patio estaba lleno de soldados que gritaban y corrían como locos. A los gritos le preguntaron a mi padre:—¿Usted cómo se llama?No terminó de decir: Washington Barrios, cuando se lanzaron contra él, lo agarraron de los brazos y empezaron a arrastrarlo hacia afuera. Mi padre se resistía y preguntaba qué hacían y qué querían. Los soldados le gritaron a los otros: acá está. En ese momento se siente una voz que venía de atrás del montón de soldados:—No, a ése no lo maten que es el padre.Entonces lo soltaron y una cantidad de soldados y otros hombres de civil que llevaban camperas negras entraron a nuestro apartamento y preguntaron por mi hermano Washington. Nosotros respondimos que no sabíamos dónde estaba. Nos encerraron en el dormitorio custodiados por varios militares que nos apuntaban con sus armas. Entonces comenzó el ruido infernal de las ametralladoras y me di cuenta de que estaban tirando contra la puerta del apartamento de mi hermano. Aquello fue un infierno, se sentía el ruido de los impactos contra los vidrios, las ráfagas de las ametralladoras. Y nosotros impotentes; sentía en mi interior que estaban matando a Silvia y a su hijo, que luego de aquello no podía estar viva. Cuando salí fuera de la casa parecía que hubiese pasado un terremoto... Mi mamá me dijo que habían matado a Silvia y a las dos compañeras que estaban con ella: Laura Raggio y Diana Maidanic. Al mediodía llegaron varios camiones del Ejército con soldados y empezaron a llevarse todos los muebles. Se llevaron la puerta, sacaron hasta los tapones y las tapas de las llaves de prender las luces. Recuerdo cuando se llevaron la máquina de coser y el colchón del sofá cama que estaba en el lugar donde las asesinaron, todo estaba lleno de sangre. Era horrible. Lo que no pudieron llevarse, como el placard del dormitorio, lo rompieron. Unas semanas después, cuando mi padre y mi otro hermano limpiaron, volví a entrar al apartamento. La puerta de acceso al comedor y dormitorio no tenía un solo vidrio sano, el revoque y los ladrillos estaban todos rotos a consecuencia de las ráfagas, las paredes salpicadas con sangre y las balas incrustadas en el cielo raso tenían trozos de cuero cabelludo.”La madre de Washington, “Nené”, recuerda claramente que ese día Gavazzo estaba vestido de traje sport de hilo, con corbata azul y camisa celeste; llevaba una ametralladora. Silveira estaba de uniforme, entró en la casa con expresión de loco y puso una metralleta sobre una mesita:—¿Dónde está el hijo de puta de su hijo, que yo mismo lo mato?Gavazzo entra y le dice:—Cállese la boca, no le hable así a la señora y salga para afuera.Todo era vértigo y violencia. Entra Cordero y le ofrece:—Tome un cigarro, señora.Se sienta en la cama y le pregunta a Jacqueline si conoce a la hermana de Silvia y a su esposo Nicolás Quiñones. Ella le contesta que sí, que siempre iba a la casa, que conocía también a los padres de Silvia y de Stella.—Entonces ¿conocés bien la casa? –insiste Cordero.La niña asiente, temerosa.—Te voy a dar una hoja y un lápiz y me vas a hacer un mapa de cómo es la casa –le dice.Nené reacciona y le responde que no va a permitir que su hija de 10 años dibuje un mapa, que la dejen en paz. Recuerda que Washington padre quedó mudo, esperando. No lo dejaban moverse, pero cuando vio que sacaban algo del apartamento no pudieron detenerlo, se acercó a la ventana y vio que sacaban los tres cuerpos. Dijo:—Mataron a Silvia, y había dos muchachas más.Las visitas de Gavazzo a la casa de la familia Barrios continuaron después del operativo, llegaba con supuestas cartas del hijo o con otro verso. Este interés se mantuvo hasta setiembre, fecha en que desaparece Washington. Un día a mediados de octubre, tal cual lo anunciaba el mayor Gavazzo, llegó Armando Méndez con la moto de Washington que habían “encontrado” en el taller mecánico en que la había dejado. La devolvieron “para que la vendieran”.Stella Reyes, detenida ese mismo día, reconstruyó la terrible jornada. Escuchó las versiones de los soldados en el cuartel de artillería, la de Mario Soto y la que su propio padre registró minuciosamente. En los dos operativos, el realizado en su casa y el de la familia Barrios, participó la misma gente, había oficiales de alto rango, los pudo ver cuando estaba contra un muro.“Sé que al capitán Gutiérrez lo mataron ellos, pertenecía a artillería 2 de la ciudad de Trinidad. Rompió la puerta de la casa y cuando entró al patio abierto los milicos que estaban en la azotea oyeron ruido y le dispararon. Cayó allí mismo. Cuando entra el general Rebollo disparan también y lo hieren en el brazo.
Después fueron a la casa de mis padres, en Jacinto Vera 3777, que estaba situada delante de la nuestra que era el apartamento 2. Mi padre escribió con lujo de detalles todo lo que ocurrió esa noche.”
El testimonio del padre de Silvia y Stella Reyes expresa:“Con un altavoz gritan:
—Que salga Reyes con las manos en alto, vamos a tirar.Gritaban totalmente enloquecidos:—¡Tupamaros hijos de puta, venimos a matarlos a todos! ¡Dale, hijo de puta, cantá dónde está tu hijo!Otro detrás mío gritó:—¡Volale la cabeza a ese hijo de puta si no habla!Entendí que sólo con serenidad podría demorar a esas bestias enloquecidas y comencé a contestar.—No tengo ningún hijo.Y ellos:–Dale, matalo, volale la cabezaY yo:—No tengo ningún hijo.Así pasaban los segundos, o quizás los minutos.”Con todo detalle narra los recursos que interpuso ante el pelotón desaforado para demorar el operativo. Finalmente cuando “las luces del ansiado amanecer comienzan a alumbrar suavemente la escena, camino lentamente hacia la puerta abierta, entre insultos y amenazas, la última orden es: ‘entrá y tenés diez segundos para prender las luces, si demorás te acribillamos con todo lo que esté adentro y morís’. Yo entro con los nervios agotados, tanteo en la oscuridad hasta que enciendo la luz, quizás un segundo antes de los diez, por eso no llego a saber lo que es morir acribillado en la oscuridad como mi hija Silvia y sus compañeras”.
Continúa Stella: “Fue muy cruel todo esto para mi padre, la muerte de mi hermana, la desaparición de Washington, la cárcel mía y de mi esposo. Todo el tiempo estaba pensando en nosotras, y siempre que podía contaba: ‘A mi hija la mataron, la asesinaron’. Siguió registrando todo lo que pasaba, lo que hacían para encontrar a Washington. En 1985 renovó su fuerza, escribió todos los hechos en una especie de carta abierta al pueblo uruguayo, creyó que se haría justicia, pero no pasó nada.En el año 2000 hizo una crisis muy importante, rompió mesas, rompió todo lo que estaba a su alrededor. Tuvimos que llamar al médico, que decidió calmarlo con medicamentos hasta que llegó un psiquiatra. Cuando mi padre se recuperó se dio cuenta de que había hecho una crisis, nos dijo que tenía que contar lo que había visto, lo que hicieron en la morgue del Hospital Militar, algo que no había podido contar nunca. Él creía que era por eso que estaba tan mal. Yo lo iba a dejar solo para que hablara tranquilo con el psiquiatra, pero él me pidió que me quedara y dijo:—Yo quiero que Stella esté, que escuche esto, porque es la que puede contar, yo no puedo contar.Y empezó a relatar:—Vi los pies de Silvia y enseguida la reconocí, no precisé nada más, supe que era ella. Pero la destaparon toda y tenía la autopsia hecha, estaba abierta desde el cuello hasta abajo, llena de algodones ensangrentados donde se supone que tenía que estar mi nieto.El psiquiatra le dijo:—Mire, lo que le hicieron a usted es una tortura. Lo que le pasa es normal, con todo lo que usted vivió; ni yo ni nadie lo hubiese podido soportar. Vamos a medicarlo para que pueda estar tranquilo, lo que usted tiene que hacer es olvidar.Pero es imposible olvidar.—Yo veo esa imagen, esa imagen la he visto durante años, mi familia no sabe, yo me duermo y me despierto con esa imagen, me doy cuenta que me estoy poniendo cada vez peor.Él se había enterado que Silvia estaba embarazada cuando lo interrogaban los milicos. La vio con más de 30 impactos de bala en el cuerpo.”La medicación tuvo que ser más fuerte, empezó a hacer picos de presión y crisis depresivas. No había podido salvar a su hija, no había podido encontrar a su yerno desaparecido en Buenos Aires. Cada vez que viajaba recibía amenazas de Gavazzo, que le decía que las consecuencias las iba a sufrir Stella, que estaba presa. En medio del dolor, de la injusticia y del hostigamiento juntó información, la registró, la ordenó en carpetas; detalles de toda esta etapa quedaron en su diario, fue su aporte consciente a la memoria, su lucha contra la impunidad mientras tuvo fuerzas.
Laura Raggio era la única mujer y la mayor de cuatro hermanos. Le seguían los mellizos Horacio y Raúl y el más pequeño Daniel. Su mamá era profesora de educación física y su papá empleado bancario. Vivieron en diferentes casas, pero siempre en Malvín. Los padres militaban en el PDC. La educación de Laura incluyó clases de catecismo que recibió en la parroquia del barrio.El padre tuvo actividad gremial en el banco, participó en la combativa huelga del 69 y fue el primer clandestino de la familia, termina preso en el Cilindro Municipal, entonces convertido en cárcel, y luego lo llevan a un cuartel.Laura asistió al liceo 10 y comenzó a militar en el FER 68, tuvo una intensa actividad militante. Ocupan el liceo, recuerdan sus hermanos, habían hecho barricadas con bancos. Desde la terraza vieron llegar a los milicos que rápidamente atravesaron la improvisada barricada. Los bancos no resistieron y fueron franqueados por los soldados, que llegaron hasta el fondo del liceo para encontrar a un grupo de rápidos muchachos huyendo por la medianera del fondo. Otros no tuvieron tanta suerte y fueron detenidos.El compromiso de Laura va en aumento, participa en ocupaciones solidarias cuando llegan las marchas cañeras. Sus estudios también avanzan, cursa preparatorios en el liceo 15. Una noche del año 1972 sonó el timbre en la casa de Malvín, eran los milicos haciendo una redada; se llevan a cuanto joven militante hay en el barrio, camiones y camionetas se llenan de gurises y gurisas. El destino de Laura fue el Batallón de Infantería 13, en Camino de las Instrucciones cerca de la Gruta de Lourdes. Allí fue torturada, apenas tenía 18 años. Su familia tardó bastante en saberlo, empiezan las marchas con paquetes al Prado, junto al liceo militar. Peregrinación que harán tantos familiares, con sus bolsas de plastillera con los nombres bordados, conteniendo los pocos víveres, las pocas prendas e implementos de higiene que permitían pasar.Cuando se enteraron de que pasaría a la justicia, estuvieron días y días turnándose en guardias frente al juzgado para verla. Al llegar Laura, todos pudieron entrar y se fundieron en abrazos apretados. Estaba muy flaca y muy pálida, pero la sonrisa que les dedicó era tranquilizadora. Después del pasaje por el juzgado empezaron las visitas regulares, podían ir al cuartel dos veces por semana. Los domingos, aunque no tenían visita, se instalaban en el fondo de la Gruta de Lourdes sólo para verla cuando salía al patio. En el afán de que los reconociera, su hermano Horacio, que tenía palomas mensajeras, las soltaba cuando creían verla para que ella supiera que estaban allí.Estuvo presa un año, y su sueño, cuando saliera, era tomar el 104 con las otras compañeras para pasear por la rambla y ver el mar.“El día que salió yo estaba en la puerta de casa –relata Horacio– y de repente veo a alguien que se acerca por la calle, con un bolso. No lo podía creer, ¡era Laura!, se había venido sola, la casa era una fiesta, saltos, abrazos, los amigos empezaron a llegar, charlábamos, la tocábamos, fue muy fuerte, muy conmovedor. Creo que fue por marzo del 73.En el verano del 74 se fue de nuevo: me acuerdo que le dijo a mi padre que se iba de casa pues estaban arrestando a alguna gente. La ayudé a armar los bolsos y la acompañé a tomar un taxi. Nos abrazamos y con mis 16 años le dije que cualquier cosa que necesitara me llamara. Nunca más la vi. Fui el último de la familia que estuvo con ella.El terror ya estaba instalado en casa, de repente sonaba el teléfono, atendía mi padre y le decían:—¿Raggio?, su hija cayó herida.Era una forma de tortura psicológica, tanto es así que el día que nos avisaron que la habían matado no les creí.
Ese día yo atendí el teléfono y me preguntan:—¿Familia Raggio?—Sí –les contesto.—Lo llamamos de las Fuerzas Armadas, ¿está el señor de la casa?Fui a buscar a mi viejo, agarró el tubo y la cara se le iba transformando a medida que oía. Le estaban diciendo que pasara a buscar el cadáver por el Hospital Militar. Mi viejo no les creía y yo gritaba que no, que hasta no confirmarlo no les creyéramos. Habían llamado tantas veces... Fueron mi padre y mi tío a reconocerla, mi padre no entró.Parece que se iba a ir a Buenos Aires, pero no salieron las cosas. Ellos dijeron que fue un enfrentamiento, que ellas les tiraron granadas, que mataron a uno que pasaba en bicicleta por la calle. Pero a Laura la ejecutaron y a Diana la deshicieron.Yo vi a Laura con un balazo en la cabeza y cuando la velábamos creí que se había teñido el pelo de rojo, pero era sangre. Pertenecía a la columna 70 del MLN. Tenía 19 años.”La madre de Laura atesoró durante todos esos años sus fotos, sus papeles, recortes de prensa. Era la única manera de seguir teniéndola cerca.
Palomas
Diana Maidanic nació el 31 de octubre de 1951, en Montevideo. Sus primeros años transcurrieron en la casa de sus padres en bulevar Artigas y Miguelete. Cuando tenía 2 años muere sorpresivamente su padre, y la madre se lo oculta; es su manera de cuidarla. Pero el padre desapareció de su infancia, de su casa, y Diana no podía comprenderlo. Años más tarde, cuando ya era adolescente le reprocha por qué, por qué no le dijo…
Flora, su madre, vive hoy en una casa llena de recuerdos de Diana y sigue lamentando no haber entendido lo importante que era para la niña conocer la causa de la ausencia de su padre, no haberse animado a explicarlo.Diana tenía 5 años cuando Flora se vuelve a casar y con ese matrimonio llegan dos nuevos hermanos: Mauricio, y Carlos, 14 y 5 años mayores que ella. Finalmente nacería su hermanita Ana para compartir su mundo infantil.Ni bien aprende a hablar se manifiesta su pasión por declamar, en la adolescencia llega a actuar en la Sala Verdi. Todo su cuerpo comunica lo que siente. Concurre al Liceo Francés en los primeros años, luego de la mudanza va a la escuela 81 de Carrasco.Una niñera oriunda de Rivera, Celia, entra en su vida para quedarse como una madre más. Se creó entre ellas un vínculo muy fuerte, Diana nunca la consideró una empleada, siempre fue una compañera.Celia aún recuerda aquel enorme corazón de Diana, su generosidad y su entrega. A pesar de que estuvo criada en un hogar donde nada faltaba, siempre estaba pensando en los que no tenían para comer. Para el casamiento de su hermano Carlos, a Diana le hacen un vestido de fiesta tan lujoso que ella decía con pena: “Todos los que podrían comer con lo que vale esto…”.Con los ojos brillantes, cuenta Celia que Diana fue la mejor persona que conoció. Charlaban mucho, cuando hablaba se apasionaba, le contaba de Sendic, del Che, le gustaban Los Olimareños y el canto popular. Recuerda con pena el libro de Sendic que Diana le regaló y que ella tuvo que quemar, con gran dolor, en la época en que los allanamientos estaban al orden del día. Diana fue su compinche, como una hija, una compañera...Flora, por su parte, se acuerda de cuando encontró a Diana y a Mónica, su prima, fumando, tenían 13 años. Pensó que la responsable era Mónica, que siempre había sido vivaz y muy osada. Cuando estaban juntas había risas, bromas y picardías. En los encuentros familiares las primas estaban indefectiblemente juntas, muy pegada una a la otra. A Diana le gustaba mucho ir a la casa de Mónica en Capurro. Charlaban sobre todos los temas: el amor, las relaciones, la literatura, la revolución, la militancia, la lucha por el boleto, los acontecimientos del mundo, los Beatles.Diana empezó a participar en el FER 68 y Mónica en la UJC. A Flora le preocupaba y pensaba: esta chiquilina, tan comunista… Diana era reservada y tenía pocos amigos, a los 18 años quería conocer Israel, pero tuvo que operarse de un quiste y postergar el viaje. Nunca lo llegó a hacer. Hoy Mónica y Celia ríen juntas al recordarlo.Estaba cursando medicina y el último año de psicología, en el Hospital de Clínicas. Abrió un jardín de infantes, El Globo Rojo, para niños de 2 a 5 años. Amaba a los niños. Cuando la van a buscar la patrulla militar pregunta a los vecinos donde está el jardín. Ese día Flora estaba en una casa cercana, desde donde vio el operativo sin relacionarlo con su hija. Se dio cuenta cuando unos vecinos le preguntan:
—¿Esa, no es Diana?Envuelta en un tapado beige la llevaban a empujones. La detienen en julio de 1972, en el Batallón 13 de Infantería. Hasta allí iban a visitarla. Los domingos, desde la Gruta de Lourdes, como los demás familiares presenciaban los recreos y se comunicaban con gestos. Ella hacía manualidades que les enviaba.Mónica todavía se pregunta por qué fue al velorio de Jorge Salerno y no fue al cuartel a ver a Diana. Tal vez el temor de entrar a un cuartel, y los criterios de seguridad que se manejaban ante tanta represión. La extrañaba y estaba al tanto de todo lo que le sucedía. Un año y medio después le dieron la libertad, el primero de noviembre de 1973. Charlaron mucho, tomaron mate y pudo sentir su intensa necesidad de afecto, le asombró cuánto extrañaba a las compañeras que habían quedado en el cuartel, se sentía muy apegada a ellas y sufría. Recuerda los helados que tomaban juntas, sus paseos en el balneario Jaureguiberry. Diana siempre estaba pensando en lo que las compañeras no podían hacer, ver, ni comer. Una parte de ella se quedó en prisión. Ese verano también pasaron algunos días juntas en La Floresta, fue su último verano.Celia recuerda el día que Diana está preparando las cosas para irse, le pide que elija uno de sus peluches para regalárselo. Eligió una muñeca patona que hasta hoy conserva.Empieza la etapa de la clandestinidad, las llamadas telefónicas de Diana eran esporádicas. Celia atendía y ella preguntaba:—¿Quién habla?—La muchacha.—Soy yo, no seas guaranga.En esos meses la madre la pudo ver muy pocas veces, se citaban en un café, pero la angustia y el miedo de Flora se convertían en lágrimas. Diana la tranquilizaba:—Mamá quedate tranquila, si no te calmás no vamos a poder seguir viéndonos.En marzo creyó que se había ido a Buenos Aires, porque para su cumpleaños recibió flores con una tarjeta que parecía venir de la otra orilla.Un día sonó el teléfono y alguien le dijo:—Soy amigo de Diana. Ella la necesita, está herida, se accidentó con una bomba que estaba haciendo…Cortaron y ella quedó en la más absoluta desolación, sin saber qué hacer. Lo comentó con unos amigos, que intentaron tranquilizarla:—No le debe haber pasado nada, quedate tranquila, debe ser tortura psicológica.Aquel domingo cuando Flora atendió el teléfono, una voz dijo:—Su hija murió en un enfrentamiento, venga a reconocerla.Allí en la morgue del Hospital Militar Flora la ve: el pelo corto, pelirroja, tenía 22 años. Su pequeña, que amaba declamar, tan callada.
Silvia Reyes era dos años menor que su hermana Stella. “Las dos éramos muy parecidas y mamá nos vestía a las dos iguales, como se usaba en aquellos tiempos. Mi padre trabajaba en la galería Bruzzone y era activista de la lista 15 del Partido Colorado, en casa siempre había propaganda de la 15: pelotas, muñecas, pegotines. Tanto es así que en época electoral una de las actividades de mi familia era ir a ver a mi padre o a mi tío cuando pronunciaban sus discursos. Mi madre se ocupaba de las tareas de la casa. Una costumbre de la familia era juntar juguetes para el día de Reyes, los arreglábamos y los repartíamos. Vivíamos en el Buceo, el barrio estaba pegado a un cantegril, en una de las primeras casas de material construidas en esa zona. Silvia fue a la escuela de Rivera y Julio César, cursó con muy buenas notas y practicó patín en el Platense Patín Club. Una enfermedad a los cinco años la obligó a hacer reposo. Era difícil mantenerla quieta y entre los muchos recursos que utilizaron, a papá se le ocurrió hacerle una cometa, la pegó al techo y le dio el hilo para que la remontara dentro de la casa”, recuerda Stella.“Más adelante fue al liceo 12 que estaba en Rivera y Soca, también se destacó por sus notas y por ser muy bonita, sus ojos verdes en contraste con su pelo oscuro llamaban la atención. Tenía muchos amigos. Su adolescencia estuvo rodeada de música, los Beatles, los Rolling, Mateo, Urbano Moraes, Quico Sicone y decidió aprender guitarra, su profesora fue Teresita Minetti. Su pasión por la música y por integrar la más famosa barrita del barrio la llevó a formar un grupo de rock, “The Alacrans”, debutaron en la parroquia San Pedro en una quermés, todas vestidas con buzos negros con un alacrán bordado en blanco, minifaldas y botas altas negras.” La idea fue de Silvia, bien acompañada por Stella y otras amigas, tenía 13 años. “Cuando cumplió los 15 lo festejaron en casa, estaba muy linda, se alisó el pelo, se puso pestañas postizas, un vestido muy corto de encaje blanco que dejaba entrever el sutién. Ya tenía un noviecito apasionado. Pero en un viaje a Buenos Aires con unas amigas, festejando los 15, conoció a Washington, que no sólo les vendió el pasaje en el Vapor de la Carrera, también les consiguió un camarote especial, se hizo compañero incondicional de viaje y estaba a la vuelta esperándola.”Washington tenía 17 años, cursaba preparatorios en el nocturno del IBO, quería ser abogado. Silvia trabajaba cuatro horas, seguía estudiando y empezó a militar. En el año 1971 se integró al Movimiento 26 de Marzo, militó en el FER 68 pero no estaba integrada al MLN. Washington también militaba en el FER 68 y más adelante ingresó al MLN.Se casaron en octubre del 73 y se mudaron a un apartamento, atrás de la casa de los padres de él, en Brazo Oriental. Para nochebuena Silvia, Washington y Jacqueline, su hermana, arman juntos el arbolito.—Esta Navidad estamos acá, mamá, pero las próximas capaz que estamos en otro lado; yo te voy a pedir que siempre hagas el arbolito para nochebuena, así nos vas a tener siempre presentes –le pidió Washington.Eran muchos los miedos, cuando le avisaron a la madre de Washington que iban a tener un hijo, Silvia dijo:—Te vamos a pedir que, si nos tenemos que ir de acá, vos te hagas cargo del niño, o de la niña, sólo vos.—¿Pasa algo? –preguntó la madre, y Washington contestó:—No, no pasa nada, pero si llega a pasar algo, mamá... queremos que vos te hagas cargo de nuestro hijo.La muerte interrumpió sus sueños. En el velatorio, que se hizo en la casa materna, Rapella apareció a provocar. El padre de Silvia en un impulso le sacó el arma y le apuntó a la cabeza, lo sacó de la casa y le dijo que lo iba a matar si le pasaba algo a Stella. Finalmente pudieron convencerlo de devolverle el arma y Rapella se fue.La presencia militar no impidió que los vecinos llegaran y en silencio se fueran ubicando en la vereda de enfrente, donde armaron una cadena humana. Cuando salió el féretro, una lluvia de rosas rojas cayó sobre él. Con las manos unidas la gente formó el espontáneo y cálido cortejo.El 29 de noviembre de 1973 había cumplido 19 años.
Washington se enteró al día siguiente de la muerte de Silvia, cuando llamó por teléfono a la casa de una vecina, sus padres no tenían teléfono. Su madre va a la casa de la vecina, toma el teléfono y le cuenta:—La mataron a ella y a dos muchachas más.Nené aún escucha su grito. Fue la última vez que hablaron, no lo vieron más, no lo oyeron más. El 19 de abril se había ido a Buenos Aires. Su última carta, de abril, refleja el dolor, la impotencia y su inquebrantable voluntad de lucha:
Querida Celia, Adela y Pepe:Como le decía a los viejos, hay veces que resulta difícil escribir y otras no. Debería poder hablar con ustedes, pero me es imposible ahora, quizás algún día pueda, quizás no.Lo que sí hubiera deseado es haber estado allí junto a Silvia, pero por desgracia me encontraba cumpliendo una función y estaba bastante lejos. Silvia era parte de mí, como yo de ella. Nosotros hablábamos de todo lo que podía ocurrir y en cualquier momento, pero por desgracia pasó una de las cosas peores y lo peor en lo personal, el haber perdido a mi compañera y a una gran revolucionaria. Y con la Flaca decíamos que si llegaba a pasar algo así, cualquiera de los dos que quedara tenía que luchar y ocupar el puesto de los dos, y eso, estén tranquilos que lo voy a hacer, y que lo más probable es que muera peleando como ella murió, pero sé que no me voy a llevar a uno ni a dos, que van a ser unos cuantos.Ya nadie habrá que pueda parar su corazón unido y repartido. No digan que se ha ido: su sangre numerosa junto a la patria queda, lo que tenemos que tomar todos es el ejemplo que Silvia nos dio día a día, hora a hora, minuto a minuto. Sé cómo se deben sentir, pero con quedarnos pensando no hacemos nada, por el contrario perdemos mucho, y somos consecuentes con la manera de pensar y de actuar de la Flaca.Me mataron a la Flaca y a un gurí que estaba en camino, y salga de donde salga, me la van a pagar, les pido que hagan todo lo que esté a su alcance, pero que no se quemen al pedo. Nuevamente por los gurises que bastante mal la deben estar pasando. En cuanto pueda les voy a hacer llegar la guita del entierro, no lo tomen a mal, para mí es un deber, lo mismo.Celia, gracias, lo recibí y siempre va a estar conmigo, fuerza, un beso.Adela, fuerza, un beso.Pepe, fuerza ahora más que nunca.Hasta la victoria siempreWashington

Por testimonios de los sobrevivientes, que actualmente viven en Córdoba, se sabe que el 17 de setiembre de ese mismo año 1974 Washington es apresado junto a cuatro argentinos, tres hombres y una mujer. “A los cuatro días de estar detenidos vinieron a buscar al ‘uruguayo’ y se lo llevaron”. El procedimiento se efectuó bajo la dirección del secretario de seguridad y jefe de policía de la provincia, comisario Héctor García Rey.Washington se declara “combatiente” y exige que se respeten los derechos de la Convención de Ginebra. El 20 de febrero del 75, según consta en oficios de La Plata, Washington firmó la resolución del juez del Juzgado Federal número 3, en la que se le levantaron los cargos de entrada ilegal al país. Habían pasado cinco meses desde su detención, queda constancia de que el detenido debe ser devuelto a Córdoba o recobrar la libertad. En otro oficio de la misma fecha queda la constancia de que “desapareció del coche policial que lo conducía con custodia desde el Juzgado Federal número 3 de La Plata”, ese mismo día. Apenas dos días después la policía argentina emite un comunicado de prensa notificando su fuga.
En Uruguay son reinterrogados varios presos vinculados con el caso, entre ellos Stella, que recibe amenazas: “si no hablás te va a pasar lo mismo que a tu cuñado”. Tenía 22 años. 

lunes, 21 de abril de 2014

Marca de resistencia Las muchachas de abril.

Este lunes a las 18 horas, la intendenta de Montevideo, Ana Olivera, inaugurará una nueva “Marca de la Resistencia” en Mariano Soler 3098 bis, lugar donde hace 40 años fueron masacradas tres jóvenes desarmadas: Silvia Reyes (19 años), Diana Maidanic (22) y Laura Raggio (19).
En el lugar se realizará además un espectáculo artístico. El 21 de abril de 1974 efectivos de las Fuerzas Conjuntas comandados por el coronel Juan Modesto Rebollo y los oficiales mayores José Gavazzo y Manuel Cordero, los capitanes Armando Méndez, Julio César Gutiérrez y Mauro Mauriño, y el teniente Jorge Silveira ingresaron al apartamento 3 de Soler 3098, con el objetivo de asesinar a Washington Barrios (hijo).
Entraron derribando la puerta y a los balazos. Los uniformados en las calles también concentraron sus disparos sobre la vivienda. En la balacera hirieron al capitán Gutiérrez en el cuello (moriría un mes más tarde).
Los familiares cuando fueron a recoger los cuerpos en el Hospital Militar pudieron contabilizar que cada una tenía más de 25 balazos en el cuerpo, algunos realizados cuando las muchachas ya estaban muertas.
Barrios no estaba en la vivienda, había viajado a Argentina. Meses más tarde fue detenido en Córdoba, y después se lo dio por “fugado” e integra ahora la lista de desaparecidos en el marco del Plan Cóndor.
Apenas reinstaladas las instituciones democráticas, los familiares presentaron denuncia por los asesinatos, pero en 1986, el entonces presidente Julio María Sanguinetti ordenó el archivo del caso amparado en la ley de Caducidad de la pretensión punitiva del Estado.
En octubre de 2005 se volvió a presentar una denuncia, pero el fiscal Enrique Moller solicitó al juez Pablo Eguren archivar la investigación. En 2012 se volvió a presentar el expediente en el Juzgado Penal de Octavo Turno, pero el expediente no ha tenido ningún avance.

Las pibas de abril

museodelamemoria
Intendencia de Montevideo
Departamento de Cultura
 Asociación de Amigas y Amigos del Museo de la Memoria
 "Todos precisan un futuro para tener un pasado"
invitamos a la inauguración de

 LAS MUCHACHAS DE ABRIL
institucional Museo de la Memoria
Lunes 21 de abril a las 12.00 hs.

La historia de nuestra gente y nuestros barrios,  forma parte de nuestro Patrimonio.  La construcción de la Memoria de sus vidas y sus luchas nos remite a nuestra experiencia como sociedad.

Laura Raggio, Silvia Reyes  y Diana Maidanic, eran tres  jóvenes luchadoras sociales y políticas, que soñaban con un mundo mejor. Sus edades oscilaban entre 19 y 22 años y Silvia estaba embarazada.  Fueron asesinadas  en la madrugada  del 21 de abril de 1974, por un operativo de fuerzas  militares de la dictadura, armados a guerra.  Las sorprendieron mientras dormían, en la casa de Mariano Soler 3098 bis, de Brazo Oriental.
A los 40 años de estos hechos, realizaremos un Homenaje reivindicando sus vidas y la verdad sobre sus muertes. No hubo enfrentamiento, solo un ajusticiamiento a las tres muchachas. Incluso asesinan a un vecino que llegaba en motocicleta y que el operativo confunde con alguien que esperaban. Luego lo presentan como “caído en la lucha” porque casualmente era un policía.  No hay militares juzgados por estos hechos aunque se sabe quiénes participaron y  que el Tte. Cnel. Rebollo estaba al mando.

Esta exposición contiene fotografías, documentos y objetos aportados por las familias de Laura, Silvia y Diana.

“LAS MUCHACHAS DE ABRIL” se podrá visitar hasta el sábado 3 de mayo de 2014.



SEMANA DE HOMENAJES A LAS “MUCHACHAS DE ABRIL”

Lunes 21 de abril

12.00 hs. Inauguración exposición “Las Muchachas de Abril”. Museo de la Memoria.
18.00 hs. Colocación Marca de la Memoria: Mariano Soler 3098 bis y Ramón de Santiago (Brazo Oriental). Espectáculo artístico.


Martes 22 de abril

19.00 hs. Presentación de documental de Ignacio Guichon. Charla debate. Poesías y espectáculo artístico con Cristina Fernández y Washington Carrasco. Centro Cultural Terminal Goes, Avda. Gral Flores y Domingo Aramburú.


Miércoles 23 de abril

19.00 hs. Presentación de documental de Ignacio Guichon. Charla debate. Canciones. Sede de Crysol, Joaquín Requena 1533.


Domingo 27 de abril

16.00 hs. Cierre de los homenajes. Presentación documental de Ignacio Ghichon. Charla debate. Espectáculo artístico con Las Ménades (danza) y Daniel Viglietti. Museo de la Memoria, Av. Instrucciones 1057.


Organizan y apoyan:
Memoria de la Resistencia – Crysol – Fundación Zelmar Michelini – Fundación Mario Benedetti – HIJOS Uruguay – PIT-CNT – SERPAJ – Comisión Memoria Fusilados de Soca –Mesa Permanente contra la Impunidad – SDDHH – Asociación de Amigas y Amigos del Museo de la Memoria – Consejo Vecinal 3 –Municipio C – Museo de la Memoria-MUME – Intendencia de Montevideo



jueves, 26 de diciembre de 2013

Publicado por José Luis Perera jueves, 26 de diciembre de 2013 IMPUNIDAD EN EL PAIS DE LA COLA DE PAJA


Publicado por José Luis Perera  jueves, 26 de diciembre de 2013

IMPUNIDAD EN EL PAIS DE LA COLA DE PAJA

Según señala un artículo de Mauricio Pérez en la revista Caras y Caretas, la Suprema Corte de Justicia (SCJ) consideró, en un fallo reciente, que la ley de Caducidad tuvo “una finalidad de reconciliación” de la sociedad uruguaya, tras los hechos acaecidos durante la dictadura. Además, afirmó que el fallo de la Corte IDH en el caso Gelman vs. Uruguay es “incompatible” con ese camino de reconciliación. El referido fallo agrega también que: “No puede confundirse dicha situación con el caso particular del Uruguay, porque en nuestro país existió una opción por la indulgencia, con una finalidad de reconciliación, expresada por la mayoría de la ciudadanía en el referéndum del año 1989 –que algunos aislados analistas atribuyen a la fragilidad institucional y al miedo remanente de la dictadura– pero que, superada largamente esa etapa la misma opción se reitera en el año 2009”
Más allá de los argumentos jurídicos del fallo de la SCJ, que se podrán compartir o no (yo no los comparto), hay algo de cierto en el fondo en cuanto a la actitud del pueblo uruguayo (su mayoría) en este tema; mal que nos pese, y aunque no nos guste, vivimos en "el país de la cola de paja", un país gris, cómodo y de medias tintas, pusilánime y timorato. En el 89 se lo adjudicamos al miedo, y en el 2009 a la defección de los líderes, y tal vez sean excusas válidas, pero ese miedo y esos líderes que acomodan su cuerpo a las circunstancias y la conveniencia, forman parte de la forma de ser de los uruguayos, y la suma de lo que somos da como resultado la impunidad en la que vivimos; así somos.
EL ORIGEN DE LA IMPUNIDAD
Segmentar la historia es realizar un ejercicio arbitrario; en rigor, es imposible precisar el inicio exacto de un acontecimiento histórico, igual que es imposible precisar su exacto final; todo acontecimiento tiene su origen en un acontecimiento anterior, y éste en otro anterior, y así sucesivamente hasta el infinito, porque la historia es como la materia, y en ella nada se crea y nada se destruye, todo se transforma.
La impunidad seguramente no comenzó cuando en diciembre de 1986 se votó la nefasta ley por parte de la mayoría de blanquicolorados. Algunos ubicarán sus inicios en las negociaciones del Club Naval, y probablemente tengan cierto grado de razón. Otros dirán que los pactos se hicieron antes, y que el nacimiento de la impunidad se arregló dentro de los cuarteles y las cárceles en plena dictadura.
Yo tiendo a pensar que la impunidad ya estaba en nosotros, en nuestra forma de ser y pensar, desde mucho tiempo antes. Aquella conocida frase de “algo habrán hecho”, que  se escuchaba cuando caían presos como moscas los dirigentes sindicales y luchadores sociales de toda especie, no eran la expresión de una parte minoritaria del pueblo uruguayo. En todo caso, esa fue también una buena parte del razonamiento en el voto amarillo del 89: el discurso oficial de los dos demonios fue un discurso que prendió en la mayoría de los uruguayos.
Al parecer, entre las décadas del 60 y 70 se abrió un hueco en la faz de la tierra, de donde salieron dos demonios provenientes del mismísimo infierno, para enfrentase en una mortal batalla y llevarse así el codiciado trofeo que significaba poseer el control absoluto del país. En el medio del combate quedaron atrapados –pobrecitos- el resto de los inocentes ciudadanos. Un discurso muy conveniente y muy apropiado para la mentalidad promedio de los uruguayos: Ahora pedimos perdón por los excesos y errores cometidos, reconocemos que nos equivocamos y a reconciliarnos todos para hacer un Uruguay mejor.
Los hechos puros y duros son contundentes. La mayoría de los parlamentarios uruguayos (mayoría elegida democráticamente por el pueblo uruguayo en elecciones más o menos limpias), votó una ley que dejaba impunes a los violadores más atroces de los derechos humanos en la historia del país.
Y más allá de la lucha enorme, sacrificada y desigual, de quienes promovimos el referéndum contra la ley de impunidad en el 89, lo cierto es que el pueblo uruguayo por mayoría decidió que la ley debía ser mantenida y que los violadores debían seguir impunes; y el mismo año, pocos meses después, el pueblo uruguayo eligió para dirigir los destinos del país a un partido político conservador y a su dirigente más a la derecha.
Se podrá achacar el resultado al miedo, a la desinformación y a un sinfín de razones más, pero esos son los resultados.
Y 20 años después, cuando el miedo ya no era una explicación valedera, la mayoría de los ciudadanos uruguayos volvieron a decir exactamente lo mismo, que querían mantener la impunidad. Eso es muy duro de aceptar, pero es la pura realidad.
Ha habido lucha, eso es innegable, y la seguirá habiendo, porque una porción de los uruguayos encuentra inadmisible la impunidad, y seguirá clamando y exigiendo por verdad y justicia.
Pero no es menos cierto que esa porción de uruguayos es una porción ínfima. Los picos más altos de esa lucha son sin duda los 20 de mayo con la marcha del silencio, que han llegado a congregar hasta 100 mil personas. Pero ese es un hecho puntual, casi un compromiso anual de quienes albergan en sus conciencias la necesidad de mantener viva la llama de ese reclamo moral y ético. Lo cierto es que el resto del año, grupos muy reducidos de familiares, abogados consecuentes y organizaciones de derechos humanos llevan a cabo medidas y movilizaciones que apenas trascienden el grupo más cerrado de militantes.
EL URUGUAY GRIS Y CONSERVADOR
El Uruguay es un país que se puede ubicar en el centro político. Un país dividido más o menos en dos mitades que no son derecha e izquierda, como algunos interesados quieren hacer creer, sino una mitad más conservadora y una mitad menos conservadora, en donde derecha e izquierda son expresiones mínimas.
Cuando comienza a terminar la noche oscura de la dictadura, en el año 84, los uruguayos eligen para gobernar al mismo partido que gobernaba antes de la dictadura, y al que más comprometido estaba con ella: al partido colorado. Es cierto que por ese entonces regía la ley de lemas, y que para obtener el gobierno bastaba con ser la minoría mayor. Pero no es menos cierto que, de haber existido por ese entonces el balotaje, la mayoría conservadora hubiera dado el triunfo en una segunda vuelta al mismo personaje. De hecho, cuando por primera vez se estrena el balotaje, en el año 2000, en la segunda vuelta la mitad más conservadora le dio el triunfo a Jorge Batlle.
El Frente Amplio obtiene el gobierno cuando logra reunir tras su propuesta a la mitad menos conservadora. Y en ello no hay tanto un mérito de la izquierda en cuanto a convencer a las mayorías, sino más bien un rebajamiento progresivo del programa de izquierda original, hasta ponerse a la altura de esa mitad menos conservadora.
No se trata de un crecimiento de la conciencia de los uruguayos en el sentido de comprender que las políticas conservadoras que se llevaron adelante a lo largo de la historia del país eran nefastas y que se hacía necesario un cambio de rumbo radical, sino de la adquisición de conciencia por parte de la izquierda de que, si no rebajaba sus aspiraciones en cuanto a los cambios estructurales que pretendía hacer, jamás lograría llegar al gobierno.
El uruguayo es un pueblo al que mayoritariamente le gusta votar, y en general sigue y apoya las indicaciones de sus dirigentes. Indudablemente prefiere la democracia a la dictadura, y tal vez por esas y otras razones en el 80 se manifestó por el NO y asombró al mundo.
Es difícil decir si el pueblo es un reflejo de sus dirigentes, o si los dirigentes son un fiel reflejo de lo que es el pueblo, pero lo cierto es que los dirigentes no se diferencian demasiado de lo que es la ciudadanía.
El Uruguay es un país en donde los gobiernos de "izquierda" reciben los elogios de los grandes medios de la derecha mundial.
Es un país en donde una izquierda que proclamaba su antiimperialismo llega al gobierno y firma un tratado en donde le protege las inversiones al imperialismo o le pide ayuda al imperialismo contra uno de sus hermanos latinoamericanos; es un país en donde una izquierda que proclamaba su lucha contra el latifundio y la oligarquía, llega al gobierno y concentra y extranjeriza la propiedad de la tierra y demás medios de producción como nunca en la historia del país.
Un país en donde algunos sectores dirigentes de la parte menos conservadora gritan a los cuatro vientos que quieren un giro a la izquierda, pero apoyan con las cuatro manos al más conservador de los candidatos posibles.
Y en el medio del mar de contradicciones de una dirigencia bipolar (dirigentes de la central sindical que un 1° de mayo almuerzan con lo más selecto de la oligarquía criolla y junto a la princesa D´Alembert y la embajadora yanqui; dirigentes de izquierda que tanto encabezan una marcha del 20 de mayo como se fotografían en primera fila en un acto de la lista de Semproni, quinta esencia del traidor a los derechos humanos; dirigentes sindicales que no ponen la fuerza de su sindicato para apoyar a la jueza Mariana Mota, o para las marchas del 20 de mayo, o para rodear el Palacio Legislativo cuando se vota la anulación de la ley de impunidad, o para convocar a una protesta por el asesinato de jóvenes por parte de la policía, pero en cambio contratan ómnibus para acompañar caravanas en apoyo a un ex ministro de economía a punto de ser procesado por abuso de funciones; partidos que son históricamente la quinta esencia del antiimperialismo, pero que votan el envío de tropas a Haití, o proponen como candidato al amigo del genocida Bush, al que pidió ayuda al imperialismo contra un hermano latinoamericano, al que llevó como ministro al ex gerente de la Texaco, voz cantante en las negociaciones con los yanquis para concretar un TLC que estaba vedado por el programa del FA; un partido que propone como candidato a quien promovió al generalato al asesino de Nibia Sabalsagaray, una de sus militantes, y una juventud de ese partido que denomina a su Convención “Nibia Sabalsagaray” y en la apertura de ese evento invita a hacer uso de la palabra a quien promovió al generalato al asesino (hoy preso) de la camarada que da nombre a esa Convención; etc. En medio de esas disparatadas contradicciones, digo, la impunidad mantenida por la ciudadanía uruguaya cada vez que ha sido convocada a pronunciarse, es una tremenda coherencia.
Esto obviamente no impedirá que muchos sigamos luchando por el fin de la impunidad, por verdad y justicia, y por una sociedad más avanzada que deje atrás la infamia del capitalismo y la explotación. Pero hay que saber en donde estamos parados.
LA COLA DE PAJA
Al parecer, el dicho “tener cola de paja”, viene de un cuento en que un perro había cometido cierta fechoría; alguien congregó a la jauría y les pidió a todos que saltaran por encima de una hoguera; quien fuera inocente no tenía nada que temer, no así el culpable pues su culpa le había convertido su cola en paja. El culpable se descubrió cuando se negó a saltar.

Vaya uno a saber cual fue la fechoría cometida por los uruguayos; es tarea para historiadores, y no puedo opinar al respecto. Lo cierto es que la jauría uruguaya no es afecta a saltar por encima de la hoguera; sea porque teme que su cola de paja se prenda fuego, o por temor a que sus pelos naturales que le quedan tan bonitos se chamusquen aunque sea un poquito y afeen su gris y pacata imagen.

Publicado por José Luis Perera en 07:26 

viernes, 20 de diciembre de 2013

A las cuatro y diez de la tarde. Por Daniel Feldman

A las cuatro y diez de la tarde


Por Daniel Feldman (*)
El próximo 24 de diciembre se cumplirán 39 años del asesinato en Buenos Aires de Raúl "Cacho" Feldman, militante estudiantil y de la UJC. El texto que presentamos a continuación, en formato de monólogo teatral, es un recuerdo y homenaje a su figura y a la vez una reflexión sobre los diferentes caminos de la supervivencia al terror y la construcción de la memoria.

La escena está a oscuras. Se escuchan 16 balazos y se ven los respectivos fogonazos. Lentamente se enciende la luz. El escenario está cubierto por una lona oscura. Comienza a moverse y el personaje se va destapando. Hay cuatro taburetes de diferentes alturas, marcando los vértices de un cuadrilátero imaginario. En el centro de ese cuadrilátero queda dibujado con tiza sobre el piso el contorno de un cuerpo.

¿Cuántos de los dieciséis balazos habrás llegado a escuchar y sentir en tu cuerpo? ¿Uno? ¿Dos? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Cuánto resisten un tórax y una cabeza antes de atravesar la frontera? ¿Cuántos instantes de ese último verano habrás podido retener en ese último suspiro? ¿Cuánta conciencia de la vida y la muerte que la abrazaba pudiste llegar a captar en ese breve lapso, bala a bala? ¿Para qué o para quién fue tu último pensamiento?
¿Una? ¿Dos? ¿Tres? ¿Cuatro?... ¿Cuántas balas? ¿Cuál fue la definitiva? Las demás las demás no fueron más que meras anécdotas, remolinos de acero y pólvora carcomiendo y lacerando la carne, aumentando el charco de sangre.

¡Cuántas veces he revivido la escena de tu cuerpo en medio de la muerte! ¡Cuántas intenté adivinar una sonrisa en tu rostro quieto y frío, como diciendo ¿viste? cumplí ! ¡Cuántas veces me imaginé a la alegría ganándole a la muerte!
¡Mentira! ¡Cien y mil veces mentira! Igual que la tijera le gana al papel y éste a la piedra en el juego, la muerte siempre le gana a la alegría.
Pero igual ¿cuántas veces me lo imaginé? Tal vez decenas de miles no lo sé, simplemente son números, estadísticas del recuerdo.
*****
Perdoname que vuelva a la misma pregunta, al mismo tema: ¿qué pensaste, más allá del discurso oficial? ¿Héroe de la espiral ascendente en la lucha por la liberación? Esa que ya tenía marcada su fecha por la historia, donde no eras más que un mero engranaje prescindible de la cósmica maquinaria de la revolución o, la puta madre ¡cuánta vida me perderé!

No lo sé, sólo tú y tu muerte encadenaron las últimas imágenes. Según el día, o la época, oscilo de una a otra respuesta.
A menudo converso contigo. Es un  secreto que guardo a rajatabla. Te hago preguntas e imagino las respuestas más inverosímiles. Tengo libros imaginarios  llenos de respuestas, de consejos. Y de silencios.

Conversamos, y súbitamente la risa, esa que frecuentemente pongo en tu rostro quieto y frío, se ve atravesada por el hueco de la nueve milímetros y el carmesí. No hay vuelta, creo que nunca podré adivinarte en tu último instante, ese que por poco, por muy poco, casi compartimos.
Suavemente comienza a escucharse la versión de Chico Buarque de Cáliz .
Padre, aparta de mí ese cáliz, de vino teñido de sangre. Me acuerdo de la canción Pai, afasta de mim ese cálice, de vinho tinto de sangue No sé porqué, nunca lo analicé, pero súbitamente logro evadirme con esa melodía me voy y luego retorno y no me remuerde la conciencia abandonarte por un tiempo.

Mil novecientos setenta y cuatro veinticuatro de diciembre Noche de paz, noche de amor tarde de horror. Desde esa fecha odio los cohetes. Se me antojan cada uno de los dieciséis balazos me asusta hasta la eclosión del corcho del champagne o la sidra, aunque ritualmente, de un tiempo a esta parte, siempre beba una copa a tu salud en esa noche.

*****

Era martes y sobre el mediodía Buenos Aires ya comenzaba a ceder en su para un montevideano pueblerino -  ritmo infernal. Habíamos quedado en encontrarnos con Diego a las cuatro de la tarde en el pequeño apartamento oficina de la calle Junín al 900, a una cuadra de la Avenida Córdoba, frente a la Facultad de Farmacia y Bioquímica. Me iba a juntar con él para retirar algo de dinero de una cuenta a su nombre, para hacer las compras de rigor por el feriado.
¿Intuición? ¿Premonición? ¿Las acepta el materialismo dialéctico? Cuando me aprestaba a salir, Mamá me dijo: dejá, no vayas, nos arreglamos con lo que tenemos . Insistí rotundamente en ir, más por el aburrimiento de quedarme en casa que por otra cosa. Que sí, que no y así durante un rato hasta que triunfó la tesis de nuestra progenitora.

Había quedado en estar a las cuatro y falté, sin aviso. Con el tiempo me di cuenta que no había asistido a mi cita con la muerte. Yo era muy puntual. Supuse que con el paso de los minutos se daría cuenta que no iba. Uno de los argumentos que esgrimí para ir era ese: se iba a preocupar si no iba. No importa, se imaginará que no es necesario el dinero sentenció mi madre. No había celulares ni correo electrónico ni teléfono fijo teníamos en nuestro apartamento y tampoco lo había en la oficina. ¿Intuición? ¿Premonición? ¿Suerte de principiante en las batallas con la muerte?

Con el paso de ese mismo tiempo, también supe que no pudo llegar a hacerse la idea de que me había salvado.
A las cuatro de la tarde se detuvieron los cuatro Ford Falcon frente al edificio de la calle Junín. El reloj de Diego indicaba acusadoramente las cuatro y diez.


Sí Federico sí Diego no a las cinco de la tarde a las cuatro y diez de la tarde.


¿Cuál fue tu último pensamiento? ¿Para qué o para quién? Me angustia nunca poder responderme esa pregunta. ¿Tal vez fue para mí, el Flaco como solías llamarme? ¿Posiblemente horrorizado porque yo no había aparecido y sí los mensajeros de la muerte? ¿Llegaste a pensar que habían terminado antes conmigo?
Si ese fue uno de tus últimos alientos, no te preocupes, todavía sigo aquí, aún no han venido por mí.
En todo el trayecto hasta el lugar donde nos informaron de los acontecimientos, no se me cruzó en ningún momento por la cabeza el desenlace. Pensé que te habían detenido, que te habías sentido mal. ¿Cómo era posible que nos atrapara la muerte? A nosotros, los inmortales, los invencibles, los eslabones de la futura redención humana.

Sin embargo, lacónicamente nos informaron: ¿Por qué no se sientan? a Diego lo mataron . A los pocos minutos la confusión existe una posibilidad de que esté vivo. No se lo dije a nuestros padres; ellos no barajaron esa posibilidad ¿para qué ilusionarlos con una vuelta si sólo te habían adjudicado el pasaje de ida?

A veces pienso que somos un país triste. Somos un país hecho de tristezas.
Enclave estratégico entre dos grandes de América, ya desde el propio nacimiento nos falta personalidad; falta que hizo que nuestro nombre como nación fuera una simple referencia geográfica: República Oriental del Uruguay. Al oriente del Río Uruguay. ¿Viste? Esa que está ahí; seguí tres cuadras derecho, derechito y la primera bocacalle, esa que sale al este, esa misma es.

El ganado que nos distingue no es autóctono; tuvo que venir un tal Hernando Arias de Saavedra a traer sus vacas a pastar en estas latitudes.
Nos enorgullecemos de una garra charrúa que nos es extraña a la gran mayoría de los habitantes de estas tierras. Los nombres de nuestros accidentes geográficos son aburridos, no tienen poesía, no tienen originalidad, son denominaciones de la resignación.

Claro que Uruguay río de los pájaros pintados es un nombre hermoso, pero se lo robamos al guaraní. Las sucesiones de arroyos, ríos, pueblos y villas apelan a lo obvio; como los bares, tiendas o comercios que se llaman Dos Hermanos; Mi Tío; Tres cuñados; cuatro abuelos, un hermano, un primo y dos perros y así podría seguir hasta el infinito. Lo casi poco que pudo haber de irredento sucumbió en Salsipuedes, y ese nombre sí que es original, poético y trágico a la vez.

Somos un país de inmigrantes. Españoles, italianos, rusos, valdenses, judíos, armenios casi toda Europa debe estar representada en nuestra guía telefónica. Vinieron escapando del hambre, la miseria, las guerras; trayendo los más sólo la ilusión de ver el mañana. Y también trajeron sus tristezas: la añoranza del terruño y la impotencia de poder sobrevivir en sus patrias. Nos trajeron la nostalgia.

Produjeron y se reprodujeron. Vieron el mañana, pero sus ayeres de hambre y privaciones marcaron sus existencias. Sus músicas otrora alegres puede decirse que muchas veces adquirían aquí un tono melancólico y triste.
Y ya después agregamos las tristezas autóctonas, ese orgullo de haber sido y ya no ser.
Por la alegría he vivido y por la alegría muero, que nunca la tristeza se asocie a mi nombre , dicen que fueron palabras del combatiente anti nazi checo Julius Fucik. Siempre me impactaron, como dichas para la posteridad, pero nunca pude hacerlas mías.
¿Por qué siempre presente la muerte prematura como un eslabón obligatorio de la redención universal?

Orientales, la patria o la tumba libertad o con gloria morir es su sombra la que buscan, los valientes al morir
Muerte, muerte, muerte ¿por qué ese afán de buscarla, provocarla, llamarla, torearla diciéndole acá, acá estoy, atrevete si sos valiente?

Me suena mejor vivir se debe la vida de tal suerte que viva quede en la muerte .
Así trato de evocarte Diego, aunque a veces es difícil. Porque no hay patria sino tumba y no hubo sombra que te amparara. Y aún así, sigo viendo, o tratando de ver, una sonrisa en tu rostro acribillado.

No quiero desprenderme de mis tristezas. A veces las llevo muy escondidas, adentro de esa geografía que no puedo definir con ninguna latitud ni longitud, acá, bien adentro, si es que el alma existe.

A menos de veinticuatro horas de tu muerte ya estabas catalogado por la organización como héroe Héroe de la lucha por la libertad, la democracia y el socialismo, como si una especie de Parca benévola y condescendiente hubiera realizado un macabro canje: denme a vuestro hijo y yo a cambio os corresponderé con un héroe . No fue Dios ordenándole a Abraham que sacrificara a Isaac, su único hijo, y convencido de su obediencia impidió que le quitara la vida. No, este fue un arrebato inconsulto. No hubo loas, unciones ni ofrendas simplemente muerte. La Parca burlona parecía decir nunca más podrán abrazarlo, vuestros amores u odios quedarán congelados, petrificados, pero a cambio tendrán un héroe .

Terminamos entonces cambiando la patria por la tumba, la libertad por la muerte y nos quedamos con la tristeza.
La tristeza como santo y seña. ¡Cuántas veces habré meditado sobre ello! Los momentos de placer y alegría, cuando sucedían, se convertían a poco en instantes de arrepentimiento.
¿Cómo puede ser que esté contento o alegre? me peguntaba, tratando de bucear en mi inconsciente para resolver la cuestión.
Es lo que él hubiera deseado, me respondía intentando convencerme.

Sí, él lo hubiera deseado, pero yo ¿estoy actuando de forma correcta? ¿Cómo puedo estar contento si la vida parece haberse detenido ese veinticuatro de diciembre? ¿No tendría que continuar la existencia pero parar la vida?
¿Y si también detuviéramos la existencia?
Fue así como poco a poco la muerte se fue instalando en nuestras cabezas. Nos convertimos en prisiones que deambulábamos tratando de sobrevivir. La esquizofrenia pasó a formar parte de nuestra vida diaria.
Feliz Navidad, Feliz Navidad Cuando se acercaba la fecha y recibía los saludos invariablemente mi respuesta era Gracias, igualmente , pero en mi interior rumiaba un: imbécil, ¿Feliz Navidad por qué?, ¿qué te hace feliz? . Un veinticuatro de diciembre, no recuerdo de qué año, en que mis recuerdos y yo caminábamos al azar se me cruza un tipo y me espeta el consabido Feliz Navidad . Feliz la puta madre que te parió estallé dejando anonadado al pobre sujeto. Fue mi acto de rebeldía, la bronca contenida durante años que brotó en siete palabras.

Ya no culpo al resto de la humanidad ni le exijo que cargue junto conmigo la mochila, pero en ocasiones, cada Feliz Navidad sigue estremeciéndome como si fuera una de las dieciséis balas.

A veces, cosas de lo más trivial desencadenan determinados sucesos o pensamientos y estos rebasan los límites que nuestra racionalidad pretende imponer.
Fui a reconocer el cuerpo. No precisé releer a Dante; había traspasado la puerta y ya, ya mismo, estaba perdiendo toda esperanza. Me agaché y apenas atiné a tocar uno de tus brazos, lívido, rígido, helado. Fue un toque cómplice, como diciendo no te preocupes, ya llegué, estoy contigo, no te voy a dejar más tiempo solo .

Me dio miedo abrazarte; tal vez era la manera de resistirme a aceptar la realidad. Eras mi hermano y no lo eras; ese que estaba tirado ahí, inerte, me era desconocido. Una calesita infernal de realidad y surrealismo me invadió. Sí, me dio miedo abrazarte, cobijarte. Con el paso de los años, día a día me preguntaba por qué no lo hice, por qué no te agarré y te apreté fuerte, bien fuerte, para no dejarte escapar capaz que en mi interior ya intuía que no estabas, que los escasos centímetros que separaban nuestros cuerpos en realidad eran el límite de dos dimensiones que ya no tenían chance de comunicarse.

Dos días con todas sus horas me costó romper en un llanto atroz. Día tras día durante años repetía la escena me hincaba a tu lado, te abrazaba, te lloraba, te arropaba te tomaba en mis brazos y te traía hacia este lado de la línea. Contemplaba luego mis manos vacías y limpias y maldecía porque la sangre había desaparecido no había caso, ni la ilusión permanecía a mi lado.
Me paré. Volví a observarte. Sería la última vez. Tu metro ochenta desparramado en el charco de tu sangre; la remera clara, el pantalón azul y los zapatos negros relucientes, recién estrenados.
Estrenó los zapatos para morir, estrenó los zapatos para morir repetía sin cesar mi padre frente al lustroso par de  mocasines, lo único de su vestimenta que le arrebató a la muerte. ¿Qué pensamientos desencadenaba en él - judío emigrado de la Rumania fascista, ex preso político en Brasil y militante del aparato clandestino del Partido Comunista desde hacía años cada vez que repetía la frase? ¿Reviviría sus avatares? Sé que mascullaba sus culpas y algunas veces las ajenas,  de aquellos que siempre se dijeron compañeros y lo único que depositaron en sus manos fue el abandono luego de musitar alguna frase para vaya a saber que mármol inexistente.

Muerte.
Walter, otro comunista uruguayo exiliado en Buenos Aires, estaba con Diego el veinticuatro de diciembre. Bajó del apartamento - oficina a comprar zapatos, en el lugar que Diego había comprado los suyos, los que estaba estrenando ese día.
A él lo salvaron los zapatos nuevos. Seguramente su destino hubiera sido el de Diego de haber permanecido con él, de haber renunciado a estrenar sus zapatos. Cuando volvió todo había terminado ya; todo aquello, y recién comenzaba todo lo otro.
Cada tanto nos encontramos; los veinticuatro de diciembre, invariablemente, me manda un saludo y no olvida recordarme que en esa fecha conmemora su segundo cumpleaños.
Resurrección.
*****

A mí me pasa lo mismo. Casi nunca tomo conciencia de ello, sumido en una especie de ajenidad, pero creo que sí, es cierto; algo importante de mí murió ese día, pero también nací por segunda vez. Nuestros padres nuestros padres tuvieron su primera muerte. Papá sobrevivió nueve años, rumiando sus culpas y desencantos, sus broncas y sus odios. Diego tenía veintiséis años cuando lo mataron en mil novecientos setenta y cuatro. Mamá siguió hasta el año dos mil; veintiséis años más. Lo sobrevivió tantos años como Diego vivió. Lo vivió dos veces, día a día, noche a noche; una de ellas en ausencia, tal vez como forma de lacerarse algo más, de expiar sus pecados y ofrecerse desafiante a algún dios en quien no creía ni confiaba.

El Tano , Nino por aquellos tiempos, nació el mismo día y año que Diego: doce de marzo de mil novecientos cuarenta y ocho. Eran mellizos , compañeros y amigos.
Un día, muchos años después, me confesó: viste que yo no escatimo dinero en vestirme, me gusta y me gasto la guita. Me gusta que todo combine; pantalón, saco, camisa, corbata zapatos. Pero hay una cosa con la que nunca me vas a ver. ¿Sabés con qué? Con zapatos negros. ¿Sabés por qué? Porque el día que mataron a tu hermano me había comprado un par de zapatos negros. Los tiré y nunca, nunca más me compré zapatos negros .
Vida.

*****

Vida, muerte, resurrección a veces los hechos más inverosímiles se atan de la forma menos pensada.
Historia de zapatos la denomino.
Cuando menciono el título nadie me entiende, pero dentro mío un leve cosquilleo me indica que más allá de rupturas o caminos que tomemos, muchas veces hay lugar para una historia mínima que una para siempre nuestros destinos. En este caso, tres simples pares de zapatos nuevos.

Fin de año también se me antoja una fecha triste, celebración de las ausencias. Todavía revivo aquel primer treinta y uno de diciembre sin Diego. Una casona de altos, vieja, probablemente de la década de 1920. Amplias habitaciones de techos elevados y una larga escalera de más de treinta escalones desde la calle.
Allí estaba yo, con mis diecisiete años a cuestas, sentado en el último escalón, apuntando con un rifle a la entrada, esperando que en cualquier instante me llegara el turno. Allí estaba, solo, más solo que  el propio Diego. En otros lugares también Papá y Mamá masticaban soledades; las solidaridades hacían un descanso para celebrar la llegada del novel año.

Una semana atrás había convertido mi casi normal adolescencia en brutal adultez. Hoy era un viejo, resignado a llevarme alguno conmigo si venían por mí.
Cada cohete que anunciaba mil novecientos setenta y cinco se me antojaba uno de los balazos penetrando el cuerpo de Diego, que se retorcía en espasmos de dolor y muerte. Cada cohete era un atacante que ingresaba procurándome y el rifle iba de un punto a otro de la escalera y la puerta, el dedo en el gatillo y el sudor anegándome en un baño helado.

Pude mantener la calma ja, ja, la calma. No disparé una sola vez, aunque no me faltaron las ganas. En cierto momento, cuando comenzaba a clarear, dije ¡BASTA!

Dejé el arma, me fui a la cama y, por segunda vez desde el veinticuatro, lloré. Lloré a mares; por Diego, por mis padres, por el mundo por mí, sí lloré por mí, solo solo solo.

Se acallaron los cohetes, cesó el llanto.
Y comenzó una nueva etapa: la de los recuerdos. Sí, comprendí que lo que poseía de Diego eran recuerdos. Mis encuentros y desencuentros con mi hermano ya no eran más que fotografías mentales del pasado, recuerdos nada más. No había marcha atrás, no se podía cambiar nada, no más planes simplemente recuerdos y la nada.
No sé qué hora era cuando me despertaron. Me sacaron de la casa y después de cambiar un par de veces de vehículo, en algún lugar de la Gral. Paz me levantó Nino.
No lograba entender qué era todo lo que me rodeaba, no lograba comprender cómo la vida continuaba y no se había detenido con Diego y conmigo.

Llegamos a una casa en la Provincia de Buenos Aires, en las cuales estaba reunido un  grupo de compañeros del núcleo clandestino de Buenos Aires. A algunos nunca los había visto tampoco los volvería a ver; nunca supe sus nombres.
Me abrazaron, fuerte, muy fuerte tal vez esa fue, siete días después, la primera señal de afecto que recibí. No miré los zapatos de Nino, pero hoy sé que no eran negros. La sensación era que todos y cada uno sentían que les podía haber tocado a ellos.

Era año nuevo, primero de enero. Un fuego y algo de comida encima de la parrilla. Se charló más bien de trivialidades, supongo que por deferencia hacia mi persona, para evitar incomodarme.
Se comió y llegó el momento de brindar. El anfitrión, del cual tengo un vago recuerdo de su rostro curtido con amplios bigotes, levantó su copa de vino tinto y dijo: ¡ Por Diego, SALUD !

El golpe fue violento, pero no atiné a decir nada, ni salud. ¿Cómo podían estar brindando por la muerte? ¿Cómo? Alcé apenas la copa, como un autómata
Posteriormente, todos los veinticuatro de diciembre, soy yo el que discretamente me retiro hacia algún rincón, alzo la copa hacia la nada y digo ¡SALUD!
Puede ser que haya sido un ritual. Supongo que lo mío también. En definitiva el rito es parte de nuestra existencia, quizás de nuestra cordura.

A la tarde volví a la casona vieja. El ambiente se complicaba, ya no podía quedarme ahí. Hice unos contactos y recalé, a través de un amigo argentino, en una casa donde vivían en comunidad un grupo de jóvenes.
En esos días entablé una cordial amistad con el perro de la casa. No retuve su nombre, pero en mis retinas se dibuja su pelaje azabache y su mirada comprensiva, cuando abandonaba a los demás y acudía a sentarse a mi lado, sereno y paciente, a escucharme durante largas horas. Nunca me abandonó ni por un instante en los momentos de mis desvaríos. Supongo que hoy, luego de tanto escucharme, estará haciéndole compañía a Diego.

El cinco de enero teníamos marcados con Papá dos horarios y dos puntos de reunión, por si uno fallaba. Temprano en la mañana nos encontramos en un bar. Nos abrazamos, lagrimeamos. Mamá había viajado a Montevideo; estaba en la casa de los entrañables Fritz y Luisa, de los pocos incondicionales.

Nos pusimos al tanto y decidimos correr el riesgo. Volvimos con mi padre al apartamento, donde todo había quedado detenido diez días atrás. No se comía, no se bebía; simplemente se sobrevivía.

Recuerdo tu entierro Diego había gente, muchísima gente. Muchas flores y coronas, de diferentes organizaciones. En el velorio, poco antes de que partiera el cortejo, pedí que nos dejaran a solas con el cuerpo; a Mamá, Papá y a mí.
Les dije: algún día voy a hacer justicia. Tras estas coronas y flores hay millones de personas .
Sí, hay millones, dijo Papá con excepción de Diego.

Cinco mil cuatrocientos diecinueve ese era el nicho del Cementerio de la Chacarita donde te sepultamos. Tardé nueve años en volver a Buenos Aires, cuando retornaba la democracia. Bajé del barco, tomé el subterráneo hasta Chacarita. Puse en tu nicho dieciséis claveles rojos, uno por cada bala. Invariablemente cumplí con ese rito, otro más, todas las veces que viajé a Buenos Aires, hasta que un día, cansado de los compromisos nunca concretados de repatriación con gloria, cremé tu cuerpo y traje conmigo tus cenizas, para esconderlas de las promesas vanas.

Ellas fueron testigo silenciosas de muchos acontecimientos. Le conté de amores y desamores, sabores y sinsabores. Las alboroté anunciándole que eras tío. Le anuncié adioses y bienvenidas. Las lloré, en silencio y sin decirle a nadie, las lloré. Eran mi secreto y mi triunfo sobre la muerte.

Hoy las imagino abonando otras vidas, esparcidas al viento en un lugar anónimo, sin peregrinajes ni oropeles, con sencillez, como sencilla debiera ser la vida.
Como en todo, hubo muertos más ilustres y con más prensa que otros. No fuiste de los más creo que tampoco de los menos. No se trataba de una carrera de heroísmo.
Los procesos, la historia, hemos aprendido que van y vienen; se avanza, se retrocede, se zigzaguea no es una espiral ascendente, es un ir y venir azaroso de encuentros y desencuentros, de pasión, calma y amotinamientos; rebeldía, sufrimiento y amor. No son blancos, no son negros; no son derechos o torcidos; son.

Durante mucho tiempo y en muchas situaciones, yo no era yo, era el hermano de Diego.
Para algunos lo sigo siendo.
Ya no me pesa, es tu triunfo sobre la muerte.

Si es que existe esa nebulosa del más allá, tarde o temprano nos reencontraremos. Supongo que sabrás perdonarme algunos rencores; yo perdonaré tus ausencias y te contaré como atravesé los vericuetos de los recuerdos hasta llegar a la memoria. Te contaré cómo viví y cómo te viví te contaré te contaré tantas cosas como te he contado en todos estos años.

Comienza a sonar la canción de Chico Buarque y el personaje lentamente toma la lona oscura, se introduce bajo ella y tapa la escena.