viernes, 20 de diciembre de 2013

A las cuatro y diez de la tarde. Por Daniel Feldman

A las cuatro y diez de la tarde


Por Daniel Feldman (*)
El próximo 24 de diciembre se cumplirán 39 años del asesinato en Buenos Aires de Raúl "Cacho" Feldman, militante estudiantil y de la UJC. El texto que presentamos a continuación, en formato de monólogo teatral, es un recuerdo y homenaje a su figura y a la vez una reflexión sobre los diferentes caminos de la supervivencia al terror y la construcción de la memoria.

La escena está a oscuras. Se escuchan 16 balazos y se ven los respectivos fogonazos. Lentamente se enciende la luz. El escenario está cubierto por una lona oscura. Comienza a moverse y el personaje se va destapando. Hay cuatro taburetes de diferentes alturas, marcando los vértices de un cuadrilátero imaginario. En el centro de ese cuadrilátero queda dibujado con tiza sobre el piso el contorno de un cuerpo.

¿Cuántos de los dieciséis balazos habrás llegado a escuchar y sentir en tu cuerpo? ¿Uno? ¿Dos? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Cuánto resisten un tórax y una cabeza antes de atravesar la frontera? ¿Cuántos instantes de ese último verano habrás podido retener en ese último suspiro? ¿Cuánta conciencia de la vida y la muerte que la abrazaba pudiste llegar a captar en ese breve lapso, bala a bala? ¿Para qué o para quién fue tu último pensamiento?
¿Una? ¿Dos? ¿Tres? ¿Cuatro?... ¿Cuántas balas? ¿Cuál fue la definitiva? Las demás las demás no fueron más que meras anécdotas, remolinos de acero y pólvora carcomiendo y lacerando la carne, aumentando el charco de sangre.

¡Cuántas veces he revivido la escena de tu cuerpo en medio de la muerte! ¡Cuántas intenté adivinar una sonrisa en tu rostro quieto y frío, como diciendo ¿viste? cumplí ! ¡Cuántas veces me imaginé a la alegría ganándole a la muerte!
¡Mentira! ¡Cien y mil veces mentira! Igual que la tijera le gana al papel y éste a la piedra en el juego, la muerte siempre le gana a la alegría.
Pero igual ¿cuántas veces me lo imaginé? Tal vez decenas de miles no lo sé, simplemente son números, estadísticas del recuerdo.
*****
Perdoname que vuelva a la misma pregunta, al mismo tema: ¿qué pensaste, más allá del discurso oficial? ¿Héroe de la espiral ascendente en la lucha por la liberación? Esa que ya tenía marcada su fecha por la historia, donde no eras más que un mero engranaje prescindible de la cósmica maquinaria de la revolución o, la puta madre ¡cuánta vida me perderé!

No lo sé, sólo tú y tu muerte encadenaron las últimas imágenes. Según el día, o la época, oscilo de una a otra respuesta.
A menudo converso contigo. Es un  secreto que guardo a rajatabla. Te hago preguntas e imagino las respuestas más inverosímiles. Tengo libros imaginarios  llenos de respuestas, de consejos. Y de silencios.

Conversamos, y súbitamente la risa, esa que frecuentemente pongo en tu rostro quieto y frío, se ve atravesada por el hueco de la nueve milímetros y el carmesí. No hay vuelta, creo que nunca podré adivinarte en tu último instante, ese que por poco, por muy poco, casi compartimos.
Suavemente comienza a escucharse la versión de Chico Buarque de Cáliz .
Padre, aparta de mí ese cáliz, de vino teñido de sangre. Me acuerdo de la canción Pai, afasta de mim ese cálice, de vinho tinto de sangue No sé porqué, nunca lo analicé, pero súbitamente logro evadirme con esa melodía me voy y luego retorno y no me remuerde la conciencia abandonarte por un tiempo.

Mil novecientos setenta y cuatro veinticuatro de diciembre Noche de paz, noche de amor tarde de horror. Desde esa fecha odio los cohetes. Se me antojan cada uno de los dieciséis balazos me asusta hasta la eclosión del corcho del champagne o la sidra, aunque ritualmente, de un tiempo a esta parte, siempre beba una copa a tu salud en esa noche.

*****

Era martes y sobre el mediodía Buenos Aires ya comenzaba a ceder en su para un montevideano pueblerino -  ritmo infernal. Habíamos quedado en encontrarnos con Diego a las cuatro de la tarde en el pequeño apartamento oficina de la calle Junín al 900, a una cuadra de la Avenida Córdoba, frente a la Facultad de Farmacia y Bioquímica. Me iba a juntar con él para retirar algo de dinero de una cuenta a su nombre, para hacer las compras de rigor por el feriado.
¿Intuición? ¿Premonición? ¿Las acepta el materialismo dialéctico? Cuando me aprestaba a salir, Mamá me dijo: dejá, no vayas, nos arreglamos con lo que tenemos . Insistí rotundamente en ir, más por el aburrimiento de quedarme en casa que por otra cosa. Que sí, que no y así durante un rato hasta que triunfó la tesis de nuestra progenitora.

Había quedado en estar a las cuatro y falté, sin aviso. Con el tiempo me di cuenta que no había asistido a mi cita con la muerte. Yo era muy puntual. Supuse que con el paso de los minutos se daría cuenta que no iba. Uno de los argumentos que esgrimí para ir era ese: se iba a preocupar si no iba. No importa, se imaginará que no es necesario el dinero sentenció mi madre. No había celulares ni correo electrónico ni teléfono fijo teníamos en nuestro apartamento y tampoco lo había en la oficina. ¿Intuición? ¿Premonición? ¿Suerte de principiante en las batallas con la muerte?

Con el paso de ese mismo tiempo, también supe que no pudo llegar a hacerse la idea de que me había salvado.
A las cuatro de la tarde se detuvieron los cuatro Ford Falcon frente al edificio de la calle Junín. El reloj de Diego indicaba acusadoramente las cuatro y diez.


Sí Federico sí Diego no a las cinco de la tarde a las cuatro y diez de la tarde.


¿Cuál fue tu último pensamiento? ¿Para qué o para quién? Me angustia nunca poder responderme esa pregunta. ¿Tal vez fue para mí, el Flaco como solías llamarme? ¿Posiblemente horrorizado porque yo no había aparecido y sí los mensajeros de la muerte? ¿Llegaste a pensar que habían terminado antes conmigo?
Si ese fue uno de tus últimos alientos, no te preocupes, todavía sigo aquí, aún no han venido por mí.
En todo el trayecto hasta el lugar donde nos informaron de los acontecimientos, no se me cruzó en ningún momento por la cabeza el desenlace. Pensé que te habían detenido, que te habías sentido mal. ¿Cómo era posible que nos atrapara la muerte? A nosotros, los inmortales, los invencibles, los eslabones de la futura redención humana.

Sin embargo, lacónicamente nos informaron: ¿Por qué no se sientan? a Diego lo mataron . A los pocos minutos la confusión existe una posibilidad de que esté vivo. No se lo dije a nuestros padres; ellos no barajaron esa posibilidad ¿para qué ilusionarlos con una vuelta si sólo te habían adjudicado el pasaje de ida?

A veces pienso que somos un país triste. Somos un país hecho de tristezas.
Enclave estratégico entre dos grandes de América, ya desde el propio nacimiento nos falta personalidad; falta que hizo que nuestro nombre como nación fuera una simple referencia geográfica: República Oriental del Uruguay. Al oriente del Río Uruguay. ¿Viste? Esa que está ahí; seguí tres cuadras derecho, derechito y la primera bocacalle, esa que sale al este, esa misma es.

El ganado que nos distingue no es autóctono; tuvo que venir un tal Hernando Arias de Saavedra a traer sus vacas a pastar en estas latitudes.
Nos enorgullecemos de una garra charrúa que nos es extraña a la gran mayoría de los habitantes de estas tierras. Los nombres de nuestros accidentes geográficos son aburridos, no tienen poesía, no tienen originalidad, son denominaciones de la resignación.

Claro que Uruguay río de los pájaros pintados es un nombre hermoso, pero se lo robamos al guaraní. Las sucesiones de arroyos, ríos, pueblos y villas apelan a lo obvio; como los bares, tiendas o comercios que se llaman Dos Hermanos; Mi Tío; Tres cuñados; cuatro abuelos, un hermano, un primo y dos perros y así podría seguir hasta el infinito. Lo casi poco que pudo haber de irredento sucumbió en Salsipuedes, y ese nombre sí que es original, poético y trágico a la vez.

Somos un país de inmigrantes. Españoles, italianos, rusos, valdenses, judíos, armenios casi toda Europa debe estar representada en nuestra guía telefónica. Vinieron escapando del hambre, la miseria, las guerras; trayendo los más sólo la ilusión de ver el mañana. Y también trajeron sus tristezas: la añoranza del terruño y la impotencia de poder sobrevivir en sus patrias. Nos trajeron la nostalgia.

Produjeron y se reprodujeron. Vieron el mañana, pero sus ayeres de hambre y privaciones marcaron sus existencias. Sus músicas otrora alegres puede decirse que muchas veces adquirían aquí un tono melancólico y triste.
Y ya después agregamos las tristezas autóctonas, ese orgullo de haber sido y ya no ser.
Por la alegría he vivido y por la alegría muero, que nunca la tristeza se asocie a mi nombre , dicen que fueron palabras del combatiente anti nazi checo Julius Fucik. Siempre me impactaron, como dichas para la posteridad, pero nunca pude hacerlas mías.
¿Por qué siempre presente la muerte prematura como un eslabón obligatorio de la redención universal?

Orientales, la patria o la tumba libertad o con gloria morir es su sombra la que buscan, los valientes al morir
Muerte, muerte, muerte ¿por qué ese afán de buscarla, provocarla, llamarla, torearla diciéndole acá, acá estoy, atrevete si sos valiente?

Me suena mejor vivir se debe la vida de tal suerte que viva quede en la muerte .
Así trato de evocarte Diego, aunque a veces es difícil. Porque no hay patria sino tumba y no hubo sombra que te amparara. Y aún así, sigo viendo, o tratando de ver, una sonrisa en tu rostro acribillado.

No quiero desprenderme de mis tristezas. A veces las llevo muy escondidas, adentro de esa geografía que no puedo definir con ninguna latitud ni longitud, acá, bien adentro, si es que el alma existe.

A menos de veinticuatro horas de tu muerte ya estabas catalogado por la organización como héroe Héroe de la lucha por la libertad, la democracia y el socialismo, como si una especie de Parca benévola y condescendiente hubiera realizado un macabro canje: denme a vuestro hijo y yo a cambio os corresponderé con un héroe . No fue Dios ordenándole a Abraham que sacrificara a Isaac, su único hijo, y convencido de su obediencia impidió que le quitara la vida. No, este fue un arrebato inconsulto. No hubo loas, unciones ni ofrendas simplemente muerte. La Parca burlona parecía decir nunca más podrán abrazarlo, vuestros amores u odios quedarán congelados, petrificados, pero a cambio tendrán un héroe .

Terminamos entonces cambiando la patria por la tumba, la libertad por la muerte y nos quedamos con la tristeza.
La tristeza como santo y seña. ¡Cuántas veces habré meditado sobre ello! Los momentos de placer y alegría, cuando sucedían, se convertían a poco en instantes de arrepentimiento.
¿Cómo puede ser que esté contento o alegre? me peguntaba, tratando de bucear en mi inconsciente para resolver la cuestión.
Es lo que él hubiera deseado, me respondía intentando convencerme.

Sí, él lo hubiera deseado, pero yo ¿estoy actuando de forma correcta? ¿Cómo puedo estar contento si la vida parece haberse detenido ese veinticuatro de diciembre? ¿No tendría que continuar la existencia pero parar la vida?
¿Y si también detuviéramos la existencia?
Fue así como poco a poco la muerte se fue instalando en nuestras cabezas. Nos convertimos en prisiones que deambulábamos tratando de sobrevivir. La esquizofrenia pasó a formar parte de nuestra vida diaria.
Feliz Navidad, Feliz Navidad Cuando se acercaba la fecha y recibía los saludos invariablemente mi respuesta era Gracias, igualmente , pero en mi interior rumiaba un: imbécil, ¿Feliz Navidad por qué?, ¿qué te hace feliz? . Un veinticuatro de diciembre, no recuerdo de qué año, en que mis recuerdos y yo caminábamos al azar se me cruza un tipo y me espeta el consabido Feliz Navidad . Feliz la puta madre que te parió estallé dejando anonadado al pobre sujeto. Fue mi acto de rebeldía, la bronca contenida durante años que brotó en siete palabras.

Ya no culpo al resto de la humanidad ni le exijo que cargue junto conmigo la mochila, pero en ocasiones, cada Feliz Navidad sigue estremeciéndome como si fuera una de las dieciséis balas.

A veces, cosas de lo más trivial desencadenan determinados sucesos o pensamientos y estos rebasan los límites que nuestra racionalidad pretende imponer.
Fui a reconocer el cuerpo. No precisé releer a Dante; había traspasado la puerta y ya, ya mismo, estaba perdiendo toda esperanza. Me agaché y apenas atiné a tocar uno de tus brazos, lívido, rígido, helado. Fue un toque cómplice, como diciendo no te preocupes, ya llegué, estoy contigo, no te voy a dejar más tiempo solo .

Me dio miedo abrazarte; tal vez era la manera de resistirme a aceptar la realidad. Eras mi hermano y no lo eras; ese que estaba tirado ahí, inerte, me era desconocido. Una calesita infernal de realidad y surrealismo me invadió. Sí, me dio miedo abrazarte, cobijarte. Con el paso de los años, día a día me preguntaba por qué no lo hice, por qué no te agarré y te apreté fuerte, bien fuerte, para no dejarte escapar capaz que en mi interior ya intuía que no estabas, que los escasos centímetros que separaban nuestros cuerpos en realidad eran el límite de dos dimensiones que ya no tenían chance de comunicarse.

Dos días con todas sus horas me costó romper en un llanto atroz. Día tras día durante años repetía la escena me hincaba a tu lado, te abrazaba, te lloraba, te arropaba te tomaba en mis brazos y te traía hacia este lado de la línea. Contemplaba luego mis manos vacías y limpias y maldecía porque la sangre había desaparecido no había caso, ni la ilusión permanecía a mi lado.
Me paré. Volví a observarte. Sería la última vez. Tu metro ochenta desparramado en el charco de tu sangre; la remera clara, el pantalón azul y los zapatos negros relucientes, recién estrenados.
Estrenó los zapatos para morir, estrenó los zapatos para morir repetía sin cesar mi padre frente al lustroso par de  mocasines, lo único de su vestimenta que le arrebató a la muerte. ¿Qué pensamientos desencadenaba en él - judío emigrado de la Rumania fascista, ex preso político en Brasil y militante del aparato clandestino del Partido Comunista desde hacía años cada vez que repetía la frase? ¿Reviviría sus avatares? Sé que mascullaba sus culpas y algunas veces las ajenas,  de aquellos que siempre se dijeron compañeros y lo único que depositaron en sus manos fue el abandono luego de musitar alguna frase para vaya a saber que mármol inexistente.

Muerte.
Walter, otro comunista uruguayo exiliado en Buenos Aires, estaba con Diego el veinticuatro de diciembre. Bajó del apartamento - oficina a comprar zapatos, en el lugar que Diego había comprado los suyos, los que estaba estrenando ese día.
A él lo salvaron los zapatos nuevos. Seguramente su destino hubiera sido el de Diego de haber permanecido con él, de haber renunciado a estrenar sus zapatos. Cuando volvió todo había terminado ya; todo aquello, y recién comenzaba todo lo otro.
Cada tanto nos encontramos; los veinticuatro de diciembre, invariablemente, me manda un saludo y no olvida recordarme que en esa fecha conmemora su segundo cumpleaños.
Resurrección.
*****

A mí me pasa lo mismo. Casi nunca tomo conciencia de ello, sumido en una especie de ajenidad, pero creo que sí, es cierto; algo importante de mí murió ese día, pero también nací por segunda vez. Nuestros padres nuestros padres tuvieron su primera muerte. Papá sobrevivió nueve años, rumiando sus culpas y desencantos, sus broncas y sus odios. Diego tenía veintiséis años cuando lo mataron en mil novecientos setenta y cuatro. Mamá siguió hasta el año dos mil; veintiséis años más. Lo sobrevivió tantos años como Diego vivió. Lo vivió dos veces, día a día, noche a noche; una de ellas en ausencia, tal vez como forma de lacerarse algo más, de expiar sus pecados y ofrecerse desafiante a algún dios en quien no creía ni confiaba.

El Tano , Nino por aquellos tiempos, nació el mismo día y año que Diego: doce de marzo de mil novecientos cuarenta y ocho. Eran mellizos , compañeros y amigos.
Un día, muchos años después, me confesó: viste que yo no escatimo dinero en vestirme, me gusta y me gasto la guita. Me gusta que todo combine; pantalón, saco, camisa, corbata zapatos. Pero hay una cosa con la que nunca me vas a ver. ¿Sabés con qué? Con zapatos negros. ¿Sabés por qué? Porque el día que mataron a tu hermano me había comprado un par de zapatos negros. Los tiré y nunca, nunca más me compré zapatos negros .
Vida.

*****

Vida, muerte, resurrección a veces los hechos más inverosímiles se atan de la forma menos pensada.
Historia de zapatos la denomino.
Cuando menciono el título nadie me entiende, pero dentro mío un leve cosquilleo me indica que más allá de rupturas o caminos que tomemos, muchas veces hay lugar para una historia mínima que una para siempre nuestros destinos. En este caso, tres simples pares de zapatos nuevos.

Fin de año también se me antoja una fecha triste, celebración de las ausencias. Todavía revivo aquel primer treinta y uno de diciembre sin Diego. Una casona de altos, vieja, probablemente de la década de 1920. Amplias habitaciones de techos elevados y una larga escalera de más de treinta escalones desde la calle.
Allí estaba yo, con mis diecisiete años a cuestas, sentado en el último escalón, apuntando con un rifle a la entrada, esperando que en cualquier instante me llegara el turno. Allí estaba, solo, más solo que  el propio Diego. En otros lugares también Papá y Mamá masticaban soledades; las solidaridades hacían un descanso para celebrar la llegada del novel año.

Una semana atrás había convertido mi casi normal adolescencia en brutal adultez. Hoy era un viejo, resignado a llevarme alguno conmigo si venían por mí.
Cada cohete que anunciaba mil novecientos setenta y cinco se me antojaba uno de los balazos penetrando el cuerpo de Diego, que se retorcía en espasmos de dolor y muerte. Cada cohete era un atacante que ingresaba procurándome y el rifle iba de un punto a otro de la escalera y la puerta, el dedo en el gatillo y el sudor anegándome en un baño helado.

Pude mantener la calma ja, ja, la calma. No disparé una sola vez, aunque no me faltaron las ganas. En cierto momento, cuando comenzaba a clarear, dije ¡BASTA!

Dejé el arma, me fui a la cama y, por segunda vez desde el veinticuatro, lloré. Lloré a mares; por Diego, por mis padres, por el mundo por mí, sí lloré por mí, solo solo solo.

Se acallaron los cohetes, cesó el llanto.
Y comenzó una nueva etapa: la de los recuerdos. Sí, comprendí que lo que poseía de Diego eran recuerdos. Mis encuentros y desencuentros con mi hermano ya no eran más que fotografías mentales del pasado, recuerdos nada más. No había marcha atrás, no se podía cambiar nada, no más planes simplemente recuerdos y la nada.
No sé qué hora era cuando me despertaron. Me sacaron de la casa y después de cambiar un par de veces de vehículo, en algún lugar de la Gral. Paz me levantó Nino.
No lograba entender qué era todo lo que me rodeaba, no lograba comprender cómo la vida continuaba y no se había detenido con Diego y conmigo.

Llegamos a una casa en la Provincia de Buenos Aires, en las cuales estaba reunido un  grupo de compañeros del núcleo clandestino de Buenos Aires. A algunos nunca los había visto tampoco los volvería a ver; nunca supe sus nombres.
Me abrazaron, fuerte, muy fuerte tal vez esa fue, siete días después, la primera señal de afecto que recibí. No miré los zapatos de Nino, pero hoy sé que no eran negros. La sensación era que todos y cada uno sentían que les podía haber tocado a ellos.

Era año nuevo, primero de enero. Un fuego y algo de comida encima de la parrilla. Se charló más bien de trivialidades, supongo que por deferencia hacia mi persona, para evitar incomodarme.
Se comió y llegó el momento de brindar. El anfitrión, del cual tengo un vago recuerdo de su rostro curtido con amplios bigotes, levantó su copa de vino tinto y dijo: ¡ Por Diego, SALUD !

El golpe fue violento, pero no atiné a decir nada, ni salud. ¿Cómo podían estar brindando por la muerte? ¿Cómo? Alcé apenas la copa, como un autómata
Posteriormente, todos los veinticuatro de diciembre, soy yo el que discretamente me retiro hacia algún rincón, alzo la copa hacia la nada y digo ¡SALUD!
Puede ser que haya sido un ritual. Supongo que lo mío también. En definitiva el rito es parte de nuestra existencia, quizás de nuestra cordura.

A la tarde volví a la casona vieja. El ambiente se complicaba, ya no podía quedarme ahí. Hice unos contactos y recalé, a través de un amigo argentino, en una casa donde vivían en comunidad un grupo de jóvenes.
En esos días entablé una cordial amistad con el perro de la casa. No retuve su nombre, pero en mis retinas se dibuja su pelaje azabache y su mirada comprensiva, cuando abandonaba a los demás y acudía a sentarse a mi lado, sereno y paciente, a escucharme durante largas horas. Nunca me abandonó ni por un instante en los momentos de mis desvaríos. Supongo que hoy, luego de tanto escucharme, estará haciéndole compañía a Diego.

El cinco de enero teníamos marcados con Papá dos horarios y dos puntos de reunión, por si uno fallaba. Temprano en la mañana nos encontramos en un bar. Nos abrazamos, lagrimeamos. Mamá había viajado a Montevideo; estaba en la casa de los entrañables Fritz y Luisa, de los pocos incondicionales.

Nos pusimos al tanto y decidimos correr el riesgo. Volvimos con mi padre al apartamento, donde todo había quedado detenido diez días atrás. No se comía, no se bebía; simplemente se sobrevivía.

Recuerdo tu entierro Diego había gente, muchísima gente. Muchas flores y coronas, de diferentes organizaciones. En el velorio, poco antes de que partiera el cortejo, pedí que nos dejaran a solas con el cuerpo; a Mamá, Papá y a mí.
Les dije: algún día voy a hacer justicia. Tras estas coronas y flores hay millones de personas .
Sí, hay millones, dijo Papá con excepción de Diego.

Cinco mil cuatrocientos diecinueve ese era el nicho del Cementerio de la Chacarita donde te sepultamos. Tardé nueve años en volver a Buenos Aires, cuando retornaba la democracia. Bajé del barco, tomé el subterráneo hasta Chacarita. Puse en tu nicho dieciséis claveles rojos, uno por cada bala. Invariablemente cumplí con ese rito, otro más, todas las veces que viajé a Buenos Aires, hasta que un día, cansado de los compromisos nunca concretados de repatriación con gloria, cremé tu cuerpo y traje conmigo tus cenizas, para esconderlas de las promesas vanas.

Ellas fueron testigo silenciosas de muchos acontecimientos. Le conté de amores y desamores, sabores y sinsabores. Las alboroté anunciándole que eras tío. Le anuncié adioses y bienvenidas. Las lloré, en silencio y sin decirle a nadie, las lloré. Eran mi secreto y mi triunfo sobre la muerte.

Hoy las imagino abonando otras vidas, esparcidas al viento en un lugar anónimo, sin peregrinajes ni oropeles, con sencillez, como sencilla debiera ser la vida.
Como en todo, hubo muertos más ilustres y con más prensa que otros. No fuiste de los más creo que tampoco de los menos. No se trataba de una carrera de heroísmo.
Los procesos, la historia, hemos aprendido que van y vienen; se avanza, se retrocede, se zigzaguea no es una espiral ascendente, es un ir y venir azaroso de encuentros y desencuentros, de pasión, calma y amotinamientos; rebeldía, sufrimiento y amor. No son blancos, no son negros; no son derechos o torcidos; son.

Durante mucho tiempo y en muchas situaciones, yo no era yo, era el hermano de Diego.
Para algunos lo sigo siendo.
Ya no me pesa, es tu triunfo sobre la muerte.

Si es que existe esa nebulosa del más allá, tarde o temprano nos reencontraremos. Supongo que sabrás perdonarme algunos rencores; yo perdonaré tus ausencias y te contaré como atravesé los vericuetos de los recuerdos hasta llegar a la memoria. Te contaré cómo viví y cómo te viví te contaré te contaré tantas cosas como te he contado en todos estos años.

Comienza a sonar la canción de Chico Buarque y el personaje lentamente toma la lona oscura, se introduce bajo ella y tapa la escena.