Acto homenaje realizado en las puertas de la casa donde fueron acribilladas las muchachas de abril imágenes.
"A la muerte física, los verdugos agregaron la segunda muerte del olvido y el anonimato" Luis Sepúlveda.
martes, 22 de abril de 2014
lunes, 21 de abril de 2014
Marca de resistencia Las muchachas de abril.
Este lunes a las 18 horas, la intendenta de Montevideo, Ana Olivera, inaugurará una nueva “Marca de la Resistencia” en Mariano Soler 3098 bis, lugar donde hace 40 años fueron masacradas tres jóvenes desarmadas: Silvia Reyes (19 años), Diana Maidanic (22) y Laura Raggio (19).
En el lugar se realizará además un espectáculo artístico. El 21 de abril de 1974 efectivos de las Fuerzas Conjuntas comandados por el coronel Juan Modesto Rebollo y los oficiales mayores José Gavazzo y Manuel Cordero, los capitanes Armando Méndez, Julio César Gutiérrez y Mauro Mauriño, y el teniente Jorge Silveira ingresaron al apartamento 3 de Soler 3098, con el objetivo de asesinar a Washington Barrios (hijo).
Entraron derribando la puerta y a los balazos. Los uniformados en las calles también concentraron sus disparos sobre la vivienda. En la balacera hirieron al capitán Gutiérrez en el cuello (moriría un mes más tarde).
Los familiares cuando fueron a recoger los cuerpos en el Hospital Militar pudieron contabilizar que cada una tenía más de 25 balazos en el cuerpo, algunos realizados cuando las muchachas ya estaban muertas.
Barrios no estaba en la vivienda, había viajado a Argentina. Meses más tarde fue detenido en Córdoba, y después se lo dio por “fugado” e integra ahora la lista de desaparecidos en el marco del Plan Cóndor.
Apenas reinstaladas las instituciones democráticas, los familiares presentaron denuncia por los asesinatos, pero en 1986, el entonces presidente Julio María Sanguinetti ordenó el archivo del caso amparado en la ley de Caducidad de la pretensión punitiva del Estado.
En octubre de 2005 se volvió a presentar una denuncia, pero el fiscal Enrique Moller solicitó al juez Pablo Eguren archivar la investigación. En 2012 se volvió a presentar el expediente en el Juzgado Penal de Octavo Turno, pero el expediente no ha tenido ningún avance.
Las pibas de abril
museodelamemoria
Intendencia de Montevideo
Departamento de Cultura
Asociación de Amigas
y Amigos del Museo de la Memoria
"Todos precisan
un futuro para tener un pasado"
invitamos a la inauguración de
LAS MUCHACHAS DE
ABRIL
institucional Museo de la Memoria
Lunes 21 de abril a las 12.00 hs.
La historia de nuestra gente y nuestros barrios, forma parte de nuestro Patrimonio. La construcción de la Memoria de sus vidas y
sus luchas nos remite a nuestra experiencia como sociedad.
Laura Raggio, Silvia Reyes
y Diana Maidanic, eran tres
jóvenes luchadoras sociales y políticas, que soñaban con un mundo mejor.
Sus edades oscilaban entre 19 y 22 años y Silvia estaba embarazada. Fueron asesinadas en la madrugada del 21 de abril de 1974, por un operativo de
fuerzas militares de la dictadura,
armados a guerra. Las sorprendieron
mientras dormían, en la casa de Mariano Soler 3098 bis, de Brazo Oriental.
A los 40 años de estos hechos, realizaremos un Homenaje
reivindicando sus vidas y la verdad sobre sus muertes. No hubo enfrentamiento,
solo un ajusticiamiento a las tres muchachas. Incluso asesinan a un vecino que
llegaba en motocicleta y que el operativo confunde con alguien que esperaban.
Luego lo presentan como “caído en la lucha” porque casualmente era un
policía. No hay militares juzgados por
estos hechos aunque se sabe quiénes participaron y que el Tte. Cnel. Rebollo estaba al mando.
Esta exposición contiene fotografías, documentos y objetos
aportados por las familias de Laura, Silvia y Diana.
“LAS MUCHACHAS DE ABRIL” se podrá visitar hasta el sábado 3
de mayo de 2014.
SEMANA DE HOMENAJES A LAS “MUCHACHAS DE ABRIL”
Lunes 21 de abril
12.00 hs. Inauguración exposición “Las Muchachas de Abril”.
Museo de la Memoria.
18.00 hs. Colocación Marca de la Memoria: Mariano Soler 3098
bis y Ramón de Santiago (Brazo Oriental). Espectáculo artístico.
Martes 22 de abril
19.00 hs. Presentación de documental de Ignacio Guichon.
Charla debate. Poesías y espectáculo artístico con Cristina Fernández y
Washington Carrasco. Centro Cultural Terminal Goes, Avda. Gral Flores y Domingo
Aramburú.
Miércoles 23 de abril
19.00 hs. Presentación de documental de Ignacio Guichon.
Charla debate. Canciones. Sede de Crysol, Joaquín Requena 1533.
Domingo 27 de abril
16.00 hs. Cierre de los homenajes. Presentación documental
de Ignacio Ghichon. Charla debate. Espectáculo artístico con Las Ménades
(danza) y Daniel Viglietti. Museo de la Memoria, Av. Instrucciones 1057.
Organizan y apoyan:
Memoria de la Resistencia – Crysol – Fundación Zelmar
Michelini – Fundación Mario Benedetti – HIJOS Uruguay – PIT-CNT – SERPAJ –
Comisión Memoria Fusilados de Soca –Mesa Permanente contra la Impunidad – SDDHH
– Asociación de Amigas y Amigos del Museo de la Memoria – Consejo Vecinal 3
–Municipio C – Museo de la Memoria-MUME – Intendencia de Montevideo

viernes, 17 de enero de 2014
jueves, 26 de diciembre de 2013
Publicado por José Luis Perera jueves, 26 de diciembre de 2013 IMPUNIDAD EN EL PAIS DE LA COLA DE PAJA
Publicado por José Luis Perera jueves, 26 de diciembre de 2013
IMPUNIDAD EN EL PAIS DE LA COLA DE PAJA
Según señala un artículo de Mauricio Pérez en la revista
Caras y Caretas, la Suprema Corte de Justicia (SCJ) consideró, en un fallo
reciente, que la ley de Caducidad tuvo “una finalidad de reconciliación” de la
sociedad uruguaya, tras los hechos acaecidos durante la dictadura. Además,
afirmó que el fallo de la Corte IDH en el caso Gelman vs. Uruguay es
“incompatible” con ese camino de reconciliación. El referido fallo agrega
también que: “No puede confundirse dicha situación con el caso particular del
Uruguay, porque en nuestro país existió una opción por la indulgencia, con una
finalidad de reconciliación, expresada por la mayoría de la ciudadanía en el
referéndum del año 1989 –que algunos aislados analistas atribuyen a la
fragilidad institucional y al miedo remanente de la dictadura– pero que,
superada largamente esa etapa la misma opción se reitera en el año 2009”
Más allá de los argumentos jurídicos del fallo de la SCJ,
que se podrán compartir o no (yo no los comparto), hay algo de cierto en el
fondo en cuanto a la actitud del pueblo uruguayo (su mayoría) en este tema; mal
que nos pese, y aunque no nos guste, vivimos en "el país de la cola de
paja", un país gris, cómodo y de medias tintas, pusilánime y timorato. En
el 89 se lo adjudicamos al miedo, y en el 2009 a la defección de los líderes, y
tal vez sean excusas válidas, pero ese miedo y esos líderes que acomodan su
cuerpo a las circunstancias y la conveniencia, forman parte de la forma de ser
de los uruguayos, y la suma de lo que somos da como resultado la impunidad en
la que vivimos; así somos.
EL ORIGEN DE LA IMPUNIDAD
Segmentar la historia es realizar un ejercicio arbitrario;
en rigor, es imposible precisar el inicio exacto de un acontecimiento
histórico, igual que es imposible precisar su exacto final; todo acontecimiento
tiene su origen en un acontecimiento anterior, y éste en otro anterior, y así
sucesivamente hasta el infinito, porque la historia es como la materia, y en
ella nada se crea y nada se destruye, todo se transforma.
La impunidad seguramente no comenzó cuando en diciembre de
1986 se votó la nefasta ley por parte de la mayoría de blanquicolorados.
Algunos ubicarán sus inicios en las negociaciones del Club Naval, y
probablemente tengan cierto grado de razón. Otros dirán que los pactos se hicieron
antes, y que el nacimiento de la impunidad se arregló dentro de los cuarteles y
las cárceles en plena dictadura.
Yo tiendo a pensar que la impunidad ya estaba en nosotros,
en nuestra forma de ser y pensar, desde mucho tiempo antes. Aquella conocida frase
de “algo habrán hecho”, que se escuchaba
cuando caían presos como moscas los dirigentes sindicales y luchadores sociales
de toda especie, no eran la expresión de una parte minoritaria del pueblo
uruguayo. En todo caso, esa fue también una buena parte del razonamiento en el
voto amarillo del 89: el discurso oficial de los dos demonios fue un discurso
que prendió en la mayoría de los uruguayos.
Al parecer, entre las décadas del 60 y 70 se abrió un hueco
en la faz de la tierra, de donde salieron dos demonios provenientes del
mismísimo infierno, para enfrentase en una mortal batalla y llevarse así el
codiciado trofeo que significaba poseer el control absoluto del país. En el
medio del combate quedaron atrapados –pobrecitos- el resto de los inocentes ciudadanos.
Un discurso muy conveniente y muy apropiado para la mentalidad promedio de los
uruguayos: Ahora pedimos perdón por los excesos y errores cometidos,
reconocemos que nos equivocamos y a reconciliarnos todos para hacer un Uruguay
mejor.
Los hechos puros y duros son contundentes. La mayoría de los
parlamentarios uruguayos (mayoría elegida democráticamente por el pueblo
uruguayo en elecciones más o menos limpias), votó una ley que dejaba impunes a
los violadores más atroces de los derechos humanos en la historia del país.
Y más allá de la lucha enorme, sacrificada y desigual, de
quienes promovimos el referéndum contra la ley de impunidad en el 89, lo cierto
es que el pueblo uruguayo por mayoría decidió que la ley debía ser mantenida y
que los violadores debían seguir impunes; y el mismo año, pocos meses después,
el pueblo uruguayo eligió para dirigir los destinos del país a un partido
político conservador y a su dirigente más a la derecha.
Se podrá achacar el resultado al miedo, a la desinformación
y a un sinfín de razones más, pero esos son los resultados.
Y 20 años después, cuando el miedo ya no era una explicación
valedera, la mayoría de los ciudadanos uruguayos volvieron a decir exactamente
lo mismo, que querían mantener la impunidad. Eso es muy duro de aceptar, pero
es la pura realidad.
Ha habido lucha, eso es innegable, y la seguirá habiendo,
porque una porción de los uruguayos encuentra inadmisible la impunidad, y
seguirá clamando y exigiendo por verdad y justicia.
Pero no es menos cierto que esa porción de uruguayos es una
porción ínfima. Los picos más altos de esa lucha son sin duda los 20 de mayo
con la marcha del silencio, que han llegado a congregar hasta 100 mil personas.
Pero ese es un hecho puntual, casi un compromiso anual de quienes albergan en
sus conciencias la necesidad de mantener viva la llama de ese reclamo moral y
ético. Lo cierto es que el resto del año, grupos muy reducidos de familiares,
abogados consecuentes y organizaciones de derechos humanos llevan a cabo
medidas y movilizaciones que apenas trascienden el grupo más cerrado de
militantes.
EL URUGUAY GRIS Y CONSERVADOR
El Uruguay es un país que se puede ubicar en el centro
político. Un país dividido más o menos en dos mitades que no son derecha e
izquierda, como algunos interesados quieren hacer creer, sino una mitad más
conservadora y una mitad menos conservadora, en donde derecha e izquierda son
expresiones mínimas.
Cuando comienza a terminar la noche oscura de la dictadura,
en el año 84, los uruguayos eligen para gobernar al mismo partido que gobernaba
antes de la dictadura, y al que más comprometido estaba con ella: al partido
colorado. Es cierto que por ese entonces regía la ley de lemas, y que para
obtener el gobierno bastaba con ser la minoría mayor. Pero no es menos cierto
que, de haber existido por ese entonces el balotaje, la mayoría conservadora
hubiera dado el triunfo en una segunda vuelta al mismo personaje. De hecho,
cuando por primera vez se estrena el balotaje, en el año 2000, en la segunda
vuelta la mitad más conservadora le dio el triunfo a Jorge Batlle.
El Frente Amplio obtiene el gobierno cuando logra reunir
tras su propuesta a la mitad menos conservadora. Y en ello no hay tanto un
mérito de la izquierda en cuanto a convencer a las mayorías, sino más bien un
rebajamiento progresivo del programa de izquierda original, hasta ponerse a la
altura de esa mitad menos conservadora.
No se trata de un crecimiento de la conciencia de los
uruguayos en el sentido de comprender que las políticas conservadoras que se
llevaron adelante a lo largo de la historia del país eran nefastas y que se
hacía necesario un cambio de rumbo radical, sino de la adquisición de
conciencia por parte de la izquierda de que, si no rebajaba sus aspiraciones en
cuanto a los cambios estructurales que pretendía hacer, jamás lograría llegar
al gobierno.
El uruguayo es un pueblo al que mayoritariamente le gusta
votar, y en general sigue y apoya las indicaciones de sus dirigentes.
Indudablemente prefiere la democracia a la dictadura, y tal vez por esas y
otras razones en el 80 se manifestó por el NO y asombró al mundo.
Es difícil decir si el pueblo es un reflejo de sus
dirigentes, o si los dirigentes son un fiel reflejo de lo que es el pueblo,
pero lo cierto es que los dirigentes no se diferencian demasiado de lo que es
la ciudadanía.
El Uruguay es un país en donde los gobiernos de
"izquierda" reciben los elogios de los grandes medios de la derecha
mundial.
Es un país en donde una izquierda que proclamaba su
antiimperialismo llega al gobierno y firma un tratado en donde le protege las
inversiones al imperialismo o le pide ayuda al imperialismo contra uno de sus
hermanos latinoamericanos; es un país en donde una izquierda que proclamaba su
lucha contra el latifundio y la oligarquía, llega al gobierno y concentra y extranjeriza
la propiedad de la tierra y demás medios de producción como nunca en la
historia del país.
Un país en donde algunos sectores dirigentes de la parte
menos conservadora gritan a los cuatro vientos que quieren un giro a la
izquierda, pero apoyan con las cuatro manos al más conservador de los
candidatos posibles.
Y en el medio del mar de contradicciones de una dirigencia
bipolar (dirigentes de la central sindical que un 1° de mayo almuerzan con lo
más selecto de la oligarquía criolla y junto a la princesa D´Alembert y la
embajadora yanqui; dirigentes de izquierda que tanto encabezan una marcha del
20 de mayo como se fotografían en primera fila en un acto de la lista de
Semproni, quinta esencia del traidor a los derechos humanos; dirigentes sindicales
que no ponen la fuerza de su sindicato para apoyar a la jueza Mariana Mota, o
para las marchas del 20 de mayo, o para rodear el Palacio Legislativo cuando se
vota la anulación de la ley de impunidad, o para convocar a una protesta por el
asesinato de jóvenes por parte de la policía, pero en cambio contratan ómnibus
para acompañar caravanas en apoyo a un ex ministro de economía a punto de ser
procesado por abuso de funciones; partidos que son históricamente la quinta
esencia del antiimperialismo, pero que votan el envío de tropas a Haití, o
proponen como candidato al amigo del genocida Bush, al que pidió ayuda al
imperialismo contra un hermano latinoamericano, al que llevó como ministro al
ex gerente de la Texaco, voz cantante en las negociaciones con los yanquis para
concretar un TLC que estaba vedado por el programa del FA; un partido que
propone como candidato a quien promovió al generalato al asesino de Nibia
Sabalsagaray, una de sus militantes, y una juventud de ese partido que denomina
a su Convención “Nibia Sabalsagaray” y en la apertura de ese evento invita a
hacer uso de la palabra a quien promovió al generalato al asesino (hoy preso)
de la camarada que da nombre a esa Convención; etc. En medio de esas
disparatadas contradicciones, digo, la impunidad mantenida por la ciudadanía
uruguaya cada vez que ha sido convocada a pronunciarse, es una tremenda
coherencia.
Esto obviamente no impedirá que muchos sigamos luchando por
el fin de la impunidad, por verdad y justicia, y por una sociedad más avanzada
que deje atrás la infamia del capitalismo y la explotación. Pero hay que saber
en donde estamos parados.
LA COLA DE PAJA
Al parecer, el dicho “tener cola de paja”, viene de un
cuento en que un perro había cometido cierta fechoría; alguien congregó a la
jauría y les pidió a todos que saltaran por encima de una hoguera; quien fuera
inocente no tenía nada que temer, no así el culpable pues su culpa le había
convertido su cola en paja. El culpable se descubrió cuando se negó a saltar.
Vaya uno a saber cual fue la fechoría cometida por los
uruguayos; es tarea para historiadores, y no puedo opinar al respecto. Lo
cierto es que la jauría uruguaya no es afecta a saltar por encima de la
hoguera; sea porque teme que su cola de paja se prenda fuego, o por temor a que
sus pelos naturales que le quedan tan bonitos se chamusquen aunque sea un
poquito y afeen su gris y pacata imagen.
Publicado por José Luis Perera en 07:26
viernes, 20 de diciembre de 2013
A las cuatro y diez de la tarde. Por Daniel Feldman
A las cuatro y diez de la tarde
Por Daniel Feldman (*)
El próximo 24 de diciembre se cumplirán 39 años del
asesinato en Buenos Aires de Raúl "Cacho" Feldman, militante
estudiantil y de la UJC. El texto que presentamos a continuación, en formato de
monólogo teatral, es un recuerdo y homenaje a su figura y a la vez una
reflexión sobre los diferentes caminos de la supervivencia al terror y la
construcción de la memoria.
La escena está a oscuras. Se escuchan 16 balazos y se ven
los respectivos fogonazos. Lentamente se enciende la luz. El escenario está
cubierto por una lona oscura. Comienza a moverse y el personaje se va
destapando. Hay cuatro taburetes de diferentes alturas, marcando los vértices
de un cuadrilátero imaginario. En el centro de ese cuadrilátero queda dibujado
con tiza sobre el piso el contorno de un cuerpo.
¿Cuántos de los dieciséis balazos habrás llegado a escuchar
y sentir en tu cuerpo? ¿Uno? ¿Dos? ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Cuánto resisten un tórax y
una cabeza antes de atravesar la frontera? ¿Cuántos instantes de ese último
verano habrás podido retener en ese último suspiro? ¿Cuánta conciencia de la
vida y la muerte que la abrazaba pudiste llegar a captar en ese breve lapso,
bala a bala? ¿Para qué o para quién fue tu último pensamiento?
¿Una? ¿Dos? ¿Tres? ¿Cuatro?... ¿Cuántas balas? ¿Cuál fue la
definitiva? Las demás las demás no fueron más que meras anécdotas, remolinos de
acero y pólvora carcomiendo y lacerando la carne, aumentando el charco de
sangre.
¡Cuántas veces he revivido la escena de tu cuerpo en medio
de la muerte! ¡Cuántas intenté adivinar una sonrisa en tu rostro quieto y frío,
como diciendo ¿viste? cumplí ! ¡Cuántas veces me imaginé a la alegría ganándole
a la muerte!
¡Mentira! ¡Cien y mil veces mentira! Igual que la tijera le
gana al papel y éste a la piedra en el juego, la muerte siempre le gana a la
alegría.
Pero igual ¿cuántas veces me lo imaginé? Tal vez decenas de
miles no lo sé, simplemente son números, estadísticas del recuerdo.
*****
Perdoname que vuelva a la misma pregunta, al mismo tema:
¿qué pensaste, más allá del discurso oficial? ¿Héroe de la espiral ascendente
en la lucha por la liberación? Esa que ya tenía marcada su fecha por la
historia, donde no eras más que un mero engranaje prescindible de la cósmica
maquinaria de la revolución o, la puta madre ¡cuánta vida me perderé!
No lo sé, sólo tú y tu muerte encadenaron las últimas
imágenes. Según el día, o la época, oscilo de una a otra respuesta.
A menudo converso contigo. Es un secreto que guardo a rajatabla. Te hago preguntas
e imagino las respuestas más inverosímiles. Tengo libros imaginarios llenos de respuestas, de consejos. Y de
silencios.
Conversamos, y súbitamente la risa, esa que frecuentemente
pongo en tu rostro quieto y frío, se ve atravesada por el hueco de la nueve
milímetros y el carmesí. No hay vuelta, creo que nunca podré adivinarte en tu
último instante, ese que por poco, por muy poco, casi compartimos.
Suavemente comienza a escucharse la versión de Chico Buarque
de Cáliz .
Padre, aparta de mí ese cáliz, de vino teñido de sangre. Me
acuerdo de la canción Pai, afasta de mim ese cálice, de vinho tinto de sangue
No sé porqué, nunca lo analicé, pero súbitamente logro evadirme con esa melodía
me voy y luego retorno y no me remuerde la conciencia abandonarte por un
tiempo.
Mil novecientos setenta y cuatro veinticuatro de diciembre
Noche de paz, noche de amor tarde de horror. Desde esa fecha odio los cohetes.
Se me antojan cada uno de los dieciséis balazos me asusta hasta la eclosión del
corcho del champagne o la sidra, aunque ritualmente, de un tiempo a esta parte,
siempre beba una copa a tu salud en esa noche.
*****
Era martes y sobre el mediodía Buenos Aires ya comenzaba a
ceder en su para un montevideano pueblerino -
ritmo infernal. Habíamos quedado en encontrarnos con Diego a las cuatro
de la tarde en el pequeño apartamento oficina de la calle Junín al 900, a una
cuadra de la Avenida Córdoba, frente a la Facultad de Farmacia y Bioquímica. Me
iba a juntar con él para retirar algo de dinero de una cuenta a su nombre, para
hacer las compras de rigor por el feriado.
¿Intuición? ¿Premonición? ¿Las acepta el materialismo
dialéctico? Cuando me aprestaba a salir, Mamá me dijo: dejá, no vayas, nos
arreglamos con lo que tenemos . Insistí rotundamente en ir, más por el
aburrimiento de quedarme en casa que por otra cosa. Que sí, que no y así
durante un rato hasta que triunfó la tesis de nuestra progenitora.
Había quedado en estar a las cuatro y falté, sin aviso. Con
el tiempo me di cuenta que no había asistido a mi cita con la muerte. Yo era
muy puntual. Supuse que con el paso de los minutos se daría cuenta que no iba.
Uno de los argumentos que esgrimí para ir era ese: se iba a preocupar si no
iba. No importa, se imaginará que no es necesario el dinero sentenció mi madre.
No había celulares ni correo electrónico ni teléfono fijo teníamos en nuestro
apartamento y tampoco lo había en la oficina. ¿Intuición? ¿Premonición? ¿Suerte
de principiante en las batallas con la muerte?
Con el paso de ese mismo tiempo, también supe que no pudo
llegar a hacerse la idea de que me había salvado.
A las cuatro de la tarde se detuvieron los cuatro Ford
Falcon frente al edificio de la calle Junín. El reloj de Diego indicaba
acusadoramente las cuatro y diez.
Sí Federico sí Diego no a las cinco de la tarde a las cuatro
y diez de la tarde.
¿Cuál fue tu último pensamiento? ¿Para qué o para quién? Me
angustia nunca poder responderme esa pregunta. ¿Tal vez fue para mí, el Flaco
como solías llamarme? ¿Posiblemente horrorizado porque yo no había aparecido y
sí los mensajeros de la muerte? ¿Llegaste a pensar que habían terminado antes
conmigo?
Si ese fue uno de tus últimos alientos, no te preocupes,
todavía sigo aquí, aún no han venido por mí.
En todo el trayecto hasta el lugar donde nos informaron de
los acontecimientos, no se me cruzó en ningún momento por la cabeza el
desenlace. Pensé que te habían detenido, que te habías sentido mal. ¿Cómo era
posible que nos atrapara la muerte? A nosotros, los inmortales, los
invencibles, los eslabones de la futura redención humana.
Sin embargo, lacónicamente nos informaron: ¿Por qué no se
sientan? a Diego lo mataron . A los pocos minutos la confusión existe una
posibilidad de que esté vivo. No se lo dije a nuestros padres; ellos no
barajaron esa posibilidad ¿para qué ilusionarlos con una vuelta si sólo te
habían adjudicado el pasaje de ida?
A veces pienso que somos un país triste. Somos un país hecho
de tristezas.
Enclave estratégico entre dos grandes de América, ya desde
el propio nacimiento nos falta personalidad; falta que hizo que nuestro nombre
como nación fuera una simple referencia geográfica: República Oriental del
Uruguay. Al oriente del Río Uruguay. ¿Viste? Esa que está ahí; seguí tres
cuadras derecho, derechito y la primera bocacalle, esa que sale al este, esa
misma es.
El ganado que nos distingue no es autóctono; tuvo que venir
un tal Hernando Arias de Saavedra a traer sus vacas a pastar en estas
latitudes.
Nos enorgullecemos de una garra charrúa que nos es extraña a
la gran mayoría de los habitantes de estas tierras. Los nombres de nuestros
accidentes geográficos son aburridos, no tienen poesía, no tienen originalidad,
son denominaciones de la resignación.
Claro que Uruguay río de los pájaros pintados es un nombre
hermoso, pero se lo robamos al guaraní. Las sucesiones de arroyos, ríos,
pueblos y villas apelan a lo obvio; como los bares, tiendas o comercios que se
llaman Dos Hermanos; Mi Tío; Tres cuñados; cuatro abuelos, un hermano, un primo
y dos perros y así podría seguir hasta el infinito. Lo casi poco que pudo haber
de irredento sucumbió en Salsipuedes, y ese nombre sí que es original, poético
y trágico a la vez.
Somos un país de inmigrantes. Españoles, italianos, rusos,
valdenses, judíos, armenios casi toda Europa debe estar representada en nuestra
guía telefónica. Vinieron escapando del hambre, la miseria, las guerras;
trayendo los más sólo la ilusión de ver el mañana. Y también trajeron sus
tristezas: la añoranza del terruño y la impotencia de poder sobrevivir en sus
patrias. Nos trajeron la nostalgia.
Produjeron y se reprodujeron. Vieron el mañana, pero sus
ayeres de hambre y privaciones marcaron sus existencias. Sus músicas otrora
alegres puede decirse que muchas veces adquirían aquí un tono melancólico y
triste.
Y ya después agregamos las tristezas autóctonas, ese orgullo
de haber sido y ya no ser.
Por la alegría he vivido y por la alegría muero, que nunca
la tristeza se asocie a mi nombre , dicen que fueron palabras del combatiente
anti nazi checo Julius Fucik. Siempre me impactaron, como dichas para la
posteridad, pero nunca pude hacerlas mías.
¿Por qué siempre presente la muerte prematura como un
eslabón obligatorio de la redención universal?
Orientales, la patria o la tumba libertad o con gloria morir
es su sombra la que buscan, los valientes al morir
Muerte, muerte, muerte ¿por qué ese afán de buscarla,
provocarla, llamarla, torearla diciéndole acá, acá estoy, atrevete si sos
valiente?
Me suena mejor vivir se debe la vida de tal suerte que viva
quede en la muerte .
Así trato de evocarte Diego, aunque a veces es difícil.
Porque no hay patria sino tumba y no hubo sombra que te amparara. Y aún así,
sigo viendo, o tratando de ver, una sonrisa en tu rostro acribillado.
No quiero desprenderme de mis tristezas. A veces las llevo
muy escondidas, adentro de esa geografía que no puedo definir con ninguna
latitud ni longitud, acá, bien adentro, si es que el alma existe.
A menos de veinticuatro horas de tu muerte ya estabas
catalogado por la organización como héroe Héroe de la lucha por la libertad, la
democracia y el socialismo, como si una especie de Parca benévola y
condescendiente hubiera realizado un macabro canje: denme a vuestro hijo y yo a
cambio os corresponderé con un héroe . No fue Dios ordenándole a Abraham que
sacrificara a Isaac, su único hijo, y convencido de su obediencia impidió que
le quitara la vida. No, este fue un arrebato inconsulto. No hubo loas, unciones
ni ofrendas simplemente muerte. La Parca burlona parecía decir nunca más podrán
abrazarlo, vuestros amores u odios quedarán congelados, petrificados, pero a
cambio tendrán un héroe .
Terminamos entonces cambiando la patria por la tumba, la
libertad por la muerte y nos quedamos con la tristeza.
La tristeza como santo y seña. ¡Cuántas veces habré meditado
sobre ello! Los momentos de placer y alegría, cuando sucedían, se convertían a
poco en instantes de arrepentimiento.
¿Cómo puede ser que esté contento o alegre? me peguntaba,
tratando de bucear en mi inconsciente para resolver la cuestión.
Es lo que él hubiera deseado, me respondía intentando
convencerme.
Sí, él lo hubiera deseado, pero yo ¿estoy actuando de forma
correcta? ¿Cómo puedo estar contento si la vida parece haberse detenido ese
veinticuatro de diciembre? ¿No tendría que continuar la existencia pero parar
la vida?
¿Y si también detuviéramos la existencia?
Fue así como poco a poco la muerte se fue instalando en
nuestras cabezas. Nos convertimos en prisiones que deambulábamos tratando de
sobrevivir. La esquizofrenia pasó a formar parte de nuestra vida diaria.
Feliz Navidad, Feliz Navidad Cuando se acercaba la fecha y
recibía los saludos invariablemente mi respuesta era Gracias, igualmente , pero
en mi interior rumiaba un: imbécil, ¿Feliz Navidad por qué?, ¿qué te hace
feliz? . Un veinticuatro de diciembre, no recuerdo de qué año, en que mis
recuerdos y yo caminábamos al azar se me cruza un tipo y me espeta el consabido
Feliz Navidad . Feliz la puta madre que te parió estallé dejando anonadado al
pobre sujeto. Fue mi acto de rebeldía, la bronca contenida durante años que
brotó en siete palabras.
Ya no culpo al resto de la humanidad ni le exijo que cargue
junto conmigo la mochila, pero en ocasiones, cada Feliz Navidad sigue
estremeciéndome como si fuera una de las dieciséis balas.
A veces, cosas de lo más trivial desencadenan determinados
sucesos o pensamientos y estos rebasan los límites que nuestra racionalidad
pretende imponer.
Fui a reconocer el cuerpo. No precisé releer a Dante; había
traspasado la puerta y ya, ya mismo, estaba perdiendo toda esperanza. Me agaché
y apenas atiné a tocar uno de tus brazos, lívido, rígido, helado. Fue un toque
cómplice, como diciendo no te preocupes, ya llegué, estoy contigo, no te voy a
dejar más tiempo solo .
Me dio miedo abrazarte; tal vez era la manera de resistirme
a aceptar la realidad. Eras mi hermano y no lo eras; ese que estaba tirado ahí,
inerte, me era desconocido. Una calesita infernal de realidad y surrealismo me
invadió. Sí, me dio miedo abrazarte, cobijarte. Con el paso de los años, día a
día me preguntaba por qué no lo hice, por qué no te agarré y te apreté fuerte,
bien fuerte, para no dejarte escapar capaz que en mi interior ya intuía que no
estabas, que los escasos centímetros que separaban nuestros cuerpos en realidad
eran el límite de dos dimensiones que ya no tenían chance de comunicarse.
Dos días con todas sus horas me costó romper en un llanto
atroz. Día tras día durante años repetía la escena me hincaba a tu lado, te
abrazaba, te lloraba, te arropaba te tomaba en mis brazos y te traía hacia este
lado de la línea. Contemplaba luego mis manos vacías y limpias y maldecía
porque la sangre había desaparecido no había caso, ni la ilusión permanecía a
mi lado.
Me paré. Volví a observarte. Sería la última vez. Tu metro
ochenta desparramado en el charco de tu sangre; la remera clara, el pantalón
azul y los zapatos negros relucientes, recién estrenados.
Estrenó los zapatos para morir, estrenó los zapatos para
morir repetía sin cesar mi padre frente al lustroso par de mocasines, lo único de su vestimenta que le
arrebató a la muerte. ¿Qué pensamientos desencadenaba en él - judío emigrado de
la Rumania fascista, ex preso político en Brasil y militante del aparato
clandestino del Partido Comunista desde hacía años cada vez que repetía la
frase? ¿Reviviría sus avatares? Sé que mascullaba sus culpas y algunas veces
las ajenas, de aquellos que siempre se
dijeron compañeros y lo único que depositaron en sus manos fue el abandono
luego de musitar alguna frase para vaya a saber que mármol inexistente.
Muerte.
Walter, otro comunista uruguayo exiliado en Buenos Aires,
estaba con Diego el veinticuatro de diciembre. Bajó del apartamento - oficina a
comprar zapatos, en el lugar que Diego había comprado los suyos, los que estaba
estrenando ese día.
A él lo salvaron los zapatos nuevos. Seguramente su destino
hubiera sido el de Diego de haber permanecido con él, de haber renunciado a
estrenar sus zapatos. Cuando volvió todo había terminado ya; todo aquello, y
recién comenzaba todo lo otro.
Cada tanto nos encontramos; los veinticuatro de diciembre,
invariablemente, me manda un saludo y no olvida recordarme que en esa fecha
conmemora su segundo cumpleaños.
Resurrección.
*****
A mí me pasa lo mismo. Casi nunca tomo conciencia de ello,
sumido en una especie de ajenidad, pero creo que sí, es cierto; algo importante
de mí murió ese día, pero también nací por segunda vez. Nuestros padres
nuestros padres tuvieron su primera muerte. Papá sobrevivió nueve años,
rumiando sus culpas y desencantos, sus broncas y sus odios. Diego tenía
veintiséis años cuando lo mataron en mil novecientos setenta y cuatro. Mamá
siguió hasta el año dos mil; veintiséis años más. Lo sobrevivió tantos años
como Diego vivió. Lo vivió dos veces, día a día, noche a noche; una de ellas en
ausencia, tal vez como forma de lacerarse algo más, de expiar sus pecados y
ofrecerse desafiante a algún dios en quien no creía ni confiaba.
El Tano , Nino por aquellos tiempos, nació el mismo día y
año que Diego: doce de marzo de mil novecientos cuarenta y ocho. Eran mellizos
, compañeros y amigos.
Un día, muchos años después, me confesó: viste que yo no
escatimo dinero en vestirme, me gusta y me gasto la guita. Me gusta que todo
combine; pantalón, saco, camisa, corbata zapatos. Pero hay una cosa con la que
nunca me vas a ver. ¿Sabés con qué? Con zapatos negros. ¿Sabés por qué? Porque
el día que mataron a tu hermano me había comprado un par de zapatos negros. Los
tiré y nunca, nunca más me compré zapatos negros .
Vida.
*****
Vida, muerte, resurrección a veces los hechos más
inverosímiles se atan de la forma menos pensada.
Historia de zapatos la denomino.
Cuando menciono el título nadie me entiende, pero dentro mío
un leve cosquilleo me indica que más allá de rupturas o caminos que tomemos,
muchas veces hay lugar para una historia mínima que una para siempre nuestros
destinos. En este caso, tres simples pares de zapatos nuevos.
Fin de año también se me antoja una fecha triste,
celebración de las ausencias. Todavía revivo aquel primer treinta y uno de
diciembre sin Diego. Una casona de altos, vieja, probablemente de la década de
1920. Amplias habitaciones de techos elevados y una larga escalera de más de
treinta escalones desde la calle.
Allí estaba yo, con mis diecisiete años a cuestas, sentado
en el último escalón, apuntando con un rifle a la entrada, esperando que en
cualquier instante me llegara el turno. Allí estaba, solo, más solo que el propio Diego. En otros lugares también
Papá y Mamá masticaban soledades; las solidaridades hacían un descanso para
celebrar la llegada del novel año.
Una semana atrás había convertido mi casi normal
adolescencia en brutal adultez. Hoy era un viejo, resignado a llevarme alguno
conmigo si venían por mí.
Cada cohete que anunciaba mil novecientos setenta y cinco se
me antojaba uno de los balazos penetrando el cuerpo de Diego, que se retorcía
en espasmos de dolor y muerte. Cada cohete era un atacante que ingresaba
procurándome y el rifle iba de un punto a otro de la escalera y la puerta, el
dedo en el gatillo y el sudor anegándome en un baño helado.
Pude mantener la calma ja, ja, la calma. No disparé una sola
vez, aunque no me faltaron las ganas. En cierto momento, cuando comenzaba a
clarear, dije ¡BASTA!
Dejé el arma, me fui a la cama y, por segunda vez desde el
veinticuatro, lloré. Lloré a mares; por Diego, por mis padres, por el mundo por
mí, sí lloré por mí, solo solo solo.
Se acallaron los cohetes, cesó el llanto.
Y comenzó una nueva etapa: la de los recuerdos. Sí,
comprendí que lo que poseía de Diego eran recuerdos. Mis encuentros y
desencuentros con mi hermano ya no eran más que fotografías mentales del
pasado, recuerdos nada más. No había marcha atrás, no se podía cambiar nada, no
más planes simplemente recuerdos y la nada.
No sé qué hora era cuando me despertaron. Me sacaron de la
casa y después de cambiar un par de veces de vehículo, en algún lugar de la
Gral. Paz me levantó Nino.
No lograba entender qué era todo lo que me rodeaba, no
lograba comprender cómo la vida continuaba y no se había detenido con Diego y
conmigo.
Llegamos a una casa en la Provincia de Buenos Aires, en las
cuales estaba reunido un grupo de
compañeros del núcleo clandestino de Buenos Aires. A algunos nunca los había
visto tampoco los volvería a ver; nunca supe sus nombres.
Me abrazaron, fuerte, muy fuerte tal vez esa fue, siete días
después, la primera señal de afecto que recibí. No miré los zapatos de Nino,
pero hoy sé que no eran negros. La sensación era que todos y cada uno sentían
que les podía haber tocado a ellos.
Era año nuevo, primero de enero. Un fuego y algo de comida
encima de la parrilla. Se charló más bien de trivialidades, supongo que por
deferencia hacia mi persona, para evitar incomodarme.
Se comió y llegó el momento de brindar. El anfitrión, del
cual tengo un vago recuerdo de su rostro curtido con amplios bigotes, levantó
su copa de vino tinto y dijo: ¡ Por Diego, SALUD !
El golpe fue violento, pero no atiné a decir nada, ni salud.
¿Cómo podían estar brindando por la muerte? ¿Cómo? Alcé apenas la copa, como un
autómata
Posteriormente, todos los veinticuatro de diciembre, soy yo
el que discretamente me retiro hacia algún rincón, alzo la copa hacia la nada y
digo ¡SALUD!
Puede ser que haya sido un ritual. Supongo que lo mío
también. En definitiva el rito es parte de nuestra existencia, quizás de
nuestra cordura.
A la tarde volví a la casona vieja. El ambiente se
complicaba, ya no podía quedarme ahí. Hice unos contactos y recalé, a través de
un amigo argentino, en una casa donde vivían en comunidad un grupo de jóvenes.
En esos días entablé una cordial amistad con el perro de la
casa. No retuve su nombre, pero en mis retinas se dibuja su pelaje azabache y
su mirada comprensiva, cuando abandonaba a los demás y acudía a sentarse a mi
lado, sereno y paciente, a escucharme durante largas horas. Nunca me abandonó
ni por un instante en los momentos de mis desvaríos. Supongo que hoy, luego de
tanto escucharme, estará haciéndole compañía a Diego.
El cinco de enero teníamos marcados con Papá dos horarios y
dos puntos de reunión, por si uno fallaba. Temprano en la mañana nos
encontramos en un bar. Nos abrazamos, lagrimeamos. Mamá había viajado a
Montevideo; estaba en la casa de los entrañables Fritz y Luisa, de los pocos
incondicionales.
Nos pusimos al tanto y decidimos correr el riesgo. Volvimos
con mi padre al apartamento, donde todo había quedado detenido diez días atrás.
No se comía, no se bebía; simplemente se sobrevivía.
Recuerdo tu entierro Diego había gente, muchísima gente.
Muchas flores y coronas, de diferentes organizaciones. En el velorio, poco
antes de que partiera el cortejo, pedí que nos dejaran a solas con el cuerpo; a
Mamá, Papá y a mí.
Les dije: algún día voy a hacer justicia. Tras estas coronas
y flores hay millones de personas .
Sí, hay millones, dijo Papá con excepción de Diego.
Cinco mil cuatrocientos diecinueve ese era el nicho del
Cementerio de la Chacarita donde te sepultamos. Tardé nueve años en volver a
Buenos Aires, cuando retornaba la democracia. Bajé del barco, tomé el
subterráneo hasta Chacarita. Puse en tu nicho dieciséis claveles rojos, uno por
cada bala. Invariablemente cumplí con ese rito, otro más, todas las veces que
viajé a Buenos Aires, hasta que un día, cansado de los compromisos nunca
concretados de repatriación con gloria, cremé tu cuerpo y traje conmigo tus
cenizas, para esconderlas de las promesas vanas.
Ellas fueron testigo silenciosas de muchos acontecimientos.
Le conté de amores y desamores, sabores y sinsabores. Las alboroté anunciándole
que eras tío. Le anuncié adioses y bienvenidas. Las lloré, en silencio y sin
decirle a nadie, las lloré. Eran mi secreto y mi triunfo sobre la muerte.
Hoy las imagino abonando otras vidas, esparcidas al viento
en un lugar anónimo, sin peregrinajes ni oropeles, con sencillez, como sencilla
debiera ser la vida.
Como en todo, hubo muertos más ilustres y con más prensa que
otros. No fuiste de los más creo que tampoco de los menos. No se trataba de una
carrera de heroísmo.
Los procesos, la historia, hemos aprendido que van y vienen;
se avanza, se retrocede, se zigzaguea no es una espiral ascendente, es un ir y
venir azaroso de encuentros y desencuentros, de pasión, calma y amotinamientos;
rebeldía, sufrimiento y amor. No son blancos, no son negros; no son derechos o
torcidos; son.
Durante mucho tiempo y en muchas situaciones, yo no era yo,
era el hermano de Diego.
Para algunos lo sigo siendo.
Ya no me pesa, es tu triunfo sobre la muerte.
Si es que existe esa nebulosa del más allá, tarde o temprano
nos reencontraremos. Supongo que sabrás perdonarme algunos rencores; yo
perdonaré tus ausencias y te contaré como atravesé los vericuetos de los
recuerdos hasta llegar a la memoria. Te contaré cómo viví y cómo te viví te
contaré te contaré tantas cosas como te he contado en todos estos años.
Comienza a sonar la canción de Chico Buarque y el personaje
lentamente toma la lona oscura, se introduce bajo ella y tapa la escena.
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